Era frecuente que se nos prendiera en las pupilas, la pobreza y la miseria del ambiente que envolvía la estructura maciza destinada a encerrar a los presos políticos. La suciedad de las bóvedas ahogaban el clamor de los hombres en las horas pobladas de rumores.
Desgarrones brutales llenaban los patios de voceríos continuos, cuando las sombras se desmoronaban empujando las tinieblas. Las palabras quedaban mudas en su lucha desigual entre el orgullo y el odio.
¡Este castillo maldito...! se les escuchó gritar a las víctimas vencidas por la impotencia, es un tumor moral en el sagrado corazón de la Venezuela civilizada. Por eso, al caer una llovizna en el atardecer, los muros se cubrían de lágrimas lavando sus penas y rencores.
Las murallas han sido testigos permanentes de todos los acontecimientos que tuvieron como escenario esta fortaleza construida en el siglo XVIII en homenaje al Rey Felipe. Su presencia nos trae numerosos recuerdos y entre ellos, la del ilustre revolucionario larense Pío Tamayo.
Pío llegó al castillo el año 1929 después de haber cumplido trabajos forzados por órdenes de "La Sagrada" en una carretera donde enviaron a los estudiantes. Sus compañeros y entre ellos Manuel Acosta Delgado y Alberto Ravell, aseguraban que "la gran lección de este revolucionario fue provocar apreciaciones que no estaban a la vista de todos, hacer ver la superación del individualismo por el interés colectivo".
Las piedras recogieron con respeto, fragmentos de la hermosa carta que por intermedio del General Gabaldón envió a su madre, meses antes de caer vencido por la tuberculosis pulmonar:
"Estuve amenazado por la muerte. Hoy estoy agarrado por las tenazas de sus manos. Y antes de morir le hago mis letras postrimeras, a los veinte días de hemorragia frecuente (hemoptisis), con las manos sin fuerzas porque la sangre le falta ya a mis venas. Muero asesinado por los verdugos que asesinan también a Venezuela". "Me matan con crueldad calculadora. Quieren que mi muerte, como la del otro, parezca natural. Hace seis meses durante la convalecencia de una gravedad, me separaron de mis compañeros y me incomunicaron, encerrándome en este calabozo donde falta hasta el aire para respirar".
"La recaída fue inmediata, me negaron la asistencia del médico, a pesar de que el doctor Joaquín Quintero ofreció venir a encerrarse conmigo; me suspendieron la pasada de encomiendas y me negaron el derecho a pedir auxilio. Hubiera perecido ya, sin la ayuda generosa de los generales Elbano Mibelli y José Rafael Gabaldón, incomunicados en calabozos vecinos al mío,, y quienes han logrado suplirme medicinas de urgencia".
Se refirió Pío Tamayo igualmente a la presencia junto a él del Teniente Rafael Barrios Veliz y el Sargento Guerrero, ambos víctimas de la sevicia del régimen, a quienes el despotismo quería hacer desaparecer físicamente, encerrados con grillos sesentones en el mismo calabozo donde le prestan valiosa ayuda con remedios y atenciones.
El insigne poeta larense en su postrer mensaje afirmó lo siguiente:
"Me voy... Supe que mi condena obedece a que el gobierno ha tenido noticias de que mantengo escuela de comunismo en el castillo. No propiamente de comunismo, pero sí de ideas de avanzada. Cada día de la cárcel me preparo mejor para la idea libre, y mis amigos Germán Nass, hermano mayor, Julio Alvarado, Joaquín Quintero, Jóvito Villalba, Manuel Silveira, José María Suárez y otros, le dirán si yo podría responder al llamamiento del futuro. El General Gabaldón, mensajero de este adiós, le contará de estos días crueles y le dirá cómo supe sonreír bajo el dolor y permanecer sereno ante la dureza del ataque".
"Que las palabras de mis amigos y la seguridad de que las sendas del bien eran el camino que yo quería recorrer, ponga un poco de consuelo en su corazón, madre querida...".
Se quedó solo con una amarga tristeza calcinándole el espíritu. En el sórdido silencio de su calabozo, se le apagaría la vida al caer las sombras sobre la noche. |