Cap. 35- Primeras Palabras

Descipción de este artículo: Así pasó la mañana en e! salón de clases junto al frente al mar. Las olas rugían como ocurría según el paso de la luna algunas mañanas en el Puerto

En la mañana temprano había empezado la clase. La buena señora trajo por primera vez a su muchachito a la escuela.

-"Don Doroteo, aquí se lo dejo para que me lo eduque".

El niño fue recibido y acomodado en su puesto. Los alumnos recitaban de memoria y a coro las tablas de multiplicar. Luego vendría el dictado y después los verbos.

Así pasó la mañana en e! salón de clases junto al frente al mar. Las olas rugían como ocurría según el paso de la luna algunas mañanas en el Puerto. La casa era una de tantas donde el abuelo español dejó su huella. Altos techos para proteger del calor. Balconazos a lo largo de toda la fachada que miraban a la calle. Aleros, ventanales, patios interiores, uno adelante más fresco, otro más junto al mar. Por lo general el alumno que se inscribía llevaba su silla, agrupándose pronto unos con otros según el nivel de progreso. En la casa la familia toda estaba dedicada a la enseñanza: el doctor, la esposa, las hijas, cada quien tenía su parte en las tareas dotes, en aquel hogar-escuela.

Las clases terminaban a las once y a las cuatro, había dos turnos. El director era un eminente matemátic excelente ingeniero y mejor constructor. Pgura honorable; severo, austero, egregio educador de conocida fama. Cuentan que aquel día laclase terminó como otras tantas. El recién llegado había pasado la mañana calla-dito sentado en su rincón viéndolo todo. Terminada la lección los alumnos se despidieron y el nuevo salía cuando lo llamó el doctor. Ya frente a frente y mirándolo de arriba abajo, detrás de los bigotazos la voz tronó:

-"Ponga la mano".

Y sin más explicación soltó sobre ellas dos tremendos i palmetazos. El chico chillando doblado de dolor se atrevía a preguntar: -Doctor...doctor...¿Porqué me pega? Si yo no he jj hecho nada, no hice nada! ' A lo que el maestro respondió con solemne gravedad:

-"Es para que veas. Si eso te pasa por no haber hecho nada, ¿Cómo será el día que hayas hecho algo?" Y con tan rotundo cual eficiente preventivo, quedaba curada toda indisciplina para siempre. Tal vez el cuento nació de una mala lengua de tantas y muy buenas que había en el Puerto. Pero ciertamente el colegio tenía fama por dos cosas: Se aprendía y hasta los más rebeldes eran amansados sin excepción alguna. Las casasdecomerciosedisputaban los jóvenes egresados, pues en contabilidad y otras artes del comercio, además de redacción y buena ortografía, eran impecables.

Para hacer entrar en juicio a algún díscolo porteño, no había mejor remedio que avisarle que su educación sería confiada al reputado educador.

Hablando de memorables maestros y maestras de los jóvenes porteños, debemos recordar que por largos años vivió en el lugar el Dr. Francisco J. Duarte; es una de esas donde la erudición y la sapiencia son cosa normal, como virtudes de familia. El apellido por sí solo, es yauna tarjeta de presentación, índice de honorabilidad, prudencia y sabiduría.^Las hermanas del doctor por el tiempo que residieron en el Puerto, ofrecieron voluntarias su ayuda para mejorar los conocimientos de los jóvenes más aprovechados en matemáticas.

Hay anécdotas inolvidables del doctor Duarte, que dibujaron su perfil de hombre sabio de un sólo trazo; pero no hay lugar en estas apuradas notas, para hacer su semblanza como él la merece. Tengamos presente que en aquellos tiempos en el Puerto no había colegios ni escuelas públicas. Quien ejercía el magisterio con sólo declararlo confesaba que había quedado reducido a la indigencia. Marido muerto de alguna enfermedad endémica; o en una asonada de tantas que llevaron el nombre de Revolución. O tal vez reducido -a presidio. Esposa, hermanas e hijas para sobrevivir, se'dedicaban a dos cosas: Producir y vender golosinas y... enseñar las primeras letras.

Muchas fueron las buenas damas que terminaron sus días dedicadas a tan noble actividad. En Puente Afuera recuerdo dos "Hadas Madrinas" de mis cuentos: una María Luisa Nieves, la otra Amalia Lugo. Si para ellas no ha tenido puesto Dios en el cielo, creo que no lo debe haber para nadie.

En Puente Adentro conocí otras de esas buenas santas educadoras. Cerca de la esquina de La Milanesa que, por cierto, valga la pregunta: ¿Quién la conoce o sabe dónde estuvo? Vivieron las dos hermanas Socorro y Belén Páez. Allí enseñaban.

En la calle Bolívar habitaron también las hermanas Salom, sobrinas nietas del procer. Santas mujeres de vida más que modesta y ejemplar. Hoy, en la madurez de los años las recuerdo y admiro, valorando más el mérito de una existencia callada y humilde, que no siempre es fácil reconocer y menos aceptar, ocultas en la gris monotonía de la cotidianidad porteña.

Conocimos también en sus últimos tiempos dos educadores notables de cultura universal, que dieron lo mejor a los hijos de numerosas familias porteñas. Me refiero a las Hermanas Enriqueta y María Monsant. Oriundas de Curazao emigraron al Puerto con sus padres, el Sr. John Smith Eufgen Monsant y su esposa. Realmente eran personas de cultura sobre medida. Hablaban perfectamente español, inglés y francés; idiomas quetambién enseñaban. En matemáticas, al menos aquellas de la práctica diaria comercial, eran maestras notables. Su cultura general, sorprendente.

Enriqueta y María, tenidas con fama de "mujeres ilustradas" y educadoras de por lo menos dos generaciones de porteños, vivieron tiempos de esplendor en las últimas décadas del pasado siglo y comienzo del presente, participando activamente en la vida social porteña.

La casa donde moraban -que era al mismo tiempo escuela- estaba a pocos metros del "Templo Nuevo", sobre la calle Anzoátegui. Una casa con jardín a la entrada e inmensas palmeras-. Años más tarde la ocupó por mucho tiempo, tanto cuanto vivió en el Puerto, un conocido y querido porteño: Don Otto Gerstl. Poco a poco la condición social de las buenas maestras fue mermando y su vida extinguiéndose. La última residencia la tuvieron en una casita vecina al Club Los Rivales, en la calle Plaza. De allí salió el sepelio de María, y allí terminó su vida años más tarde quien la sobrevivió largo tiempo, la hermana Enriqueta. Y para terminar este recuento de las maestras de primeras letras, nombremos a las hermanas María, Felicia y Adela Hernández, que con paciencia y amor enseñaron a leer y las cuatro operaciones, a muchos niños en aquellos tiempos.

Para los alumnos, la costumbre de llevar los libros en un bulto a la espalda era rara. Generalmente ellos y los enseres escolares se llevaban en una maletica; y quien no podía, en una bolsa de tela o simplemente atados con un elástico.

La pizarra de piedra no faltaba, con su lápiz rayador que crujía haciéndonos a veces poner con su ruido la carne de gallina. Lápiz frágil atado a una cuerda que pronto perdía su pulcritud. Acompañaba al lápiz una esponja o trapo viejo, que humedecidos servían de borrador.

Para las tablas de las cuatro operaciones servía el libro de Bruño, y se las memorizaba cantándolas en coro cada día. También para los rudimentos de gramática castellana seguíase al mismo autor, después de dominar bien en el Silabario Catón.

Pocos sabían entonces, como muchos hoy aún ignoran, que G. M. Bruño es el seudónimo que ocultaba la identidad de un religioso de las Escuelas Cristianas, el Hermano Miguel, de ecuatoriana familia, parientes cercanos de don Tulio Pebres Cordero, nuestro ilustre humanista y sabio merideño.

Para deletrear y ejercitar las primeras lecturas, había dos libros clásicos: La cartilla Mandeville o la de los hermanos Mantilla; con aquellos interminables be-a ba, be-e be, be-i bi, be-o bo, be-u bu, etc., etc., etc. Interminables y dificilísimos, cuando la posición de las letras se invertía a: a-be ab, e-be eb, etc. ¡Qué alta la montaña del saber! ICuán arduo el camino hasta la cumbre!

¿Cómo olvidar el cuento de los Melocotones, para llegar al dominio de los artículos determinados e indeterminados? Aquellas figuritas de la "Belle Epocque", niñi-tos de Francia con sus trajecitos de marinero, sombrero de hule y la cometa en la mano o jugando al trompo. Niñas con la cabeza cubierta en noble mantilla jugando al diábolo. Aquellos cuentos como el que empezaba diciendo: "Juan salió a paseo con su papá y su mamá..." y por terco y no seguir consejos el viento le voló el sombrero, y además de perderlo pilló un resfriado. Cada cuentecillo era u na advertencia, una lección ejemplar, un acondicionamiento de conducta.

Allí conocimos la ejemplar sinceridad de Jorge Washington, cuando a su padre confesó con ejemplar entereza, haber sido él quien del jardín cortara el querido manzano.

Mástardeen los libros de G. M. Bruño continuaron las lecturas. Recuerdo la tétrica y horripilante historia de Liborio, a quien el doctor se veía en la lámina, extrayéndole un ojo; después que por no haber hecho caso al consejo del maestro, se había enterrado en ese noble órgano la pluma de escribir. Ejemplo contundente del castigo que tienen a veces las desobediencias.

Me crispo aún hoy, cuando cierro los ojos aterrado bajo mis canosas cejas, y recuerdo lo que le pasó a Liborio.

Terribles eran también algunas estampas que nos mostraban para inducirnos al bien en la enseñanza del catecismo. Aquellos cartones como lo son hoy afiches y pancartas, técnicas audiovisuales de la época, que los Hermanos Cristianos usaban para informamos de los Misterios, los Sacramentos y otras Verdades Eternas.

Uno mostraba dos contrastes, de un lado la muerte del justo: Un pobre señor pálido y magro, de rostro macilento, entre sábanas mortuorias e inmensos almohadones, que exánime y lánguido se entregaba a la muerte con escalofriante resignación. A los lados del lecho la viuda de negro se disolvía en lágrimas, los hijos e hijas mesaban sus cabellos de desesperación. El sacerdote, con aquel cuellito bifurcado de abate francés, acompañado de acólitos con cruz alta rezaba las últimas plegarias. Arriba en el techo, angelitos mofletudos, entre nubes venían a recibir al alma del difunto.

Abajo la representación era opuesta: La muerte del pecador. Desesperado, solo, desgarrado de dolores y sufrimientos morales; maldiciendo, invocando al demonio, así entregaba el infeliz su alma. Demonios con cuernos de cabra, color negro, chamuscados, apareciendo de grietas abiertas en el suelo debajo de la cama, se aprestaban a encadenarlo para llevárselo al Averno. ¡Olía a azufre aquella imagen! Ciertamente, viendo aquellas representaciones, la verdad que uno no sabía cuál camino escoger.

Algo nos decía que debía haber una tercera salida, oculta o ignorada. ¿Cómo encontrarla? Ahí quedaba la pregunta.

Los tiempos han pasado. Ahora hablase de Jardín de Infancia y educación pre-escolar. Se han hecho grandes progresos; pero no nos olvidemos de aquellas venerables buenas maestras, que dieron lo último que les quedaba de vida, para enseñar a tantas generaciones de porteños. Y enseñar moral. Algo que ha desaparecido del pénsum escolar. ¡Haciendo tanta falta! Honor a su recuerdo. ¡Paz a sus restos!

Años más tarde vinieron las escuelas públicas, dos eran notables: Bartolomé Salom, en la calle Sucre; Cristóbal Rojas, un inmueble que demolieron para el nuevo edificio de la Policía Municipal en la calle Bolívar. Y también hay que mencionar a las Escuelas Juan José Flores Y José Ramón Pelayo. Sería tarea muy larga referirnos a tantos maestros y maestras, que en esos planteles dedicaron con vocación ejemplar su vida a la enseñanza.

Era costumbre que al colegio dei Sagrado Corazón de las Hermanas de San José de Tarbes, podían ir hasta cierta edad niños varones; pero los tiempos exigieron otras soluciones. A tal sirvieron los Hermanos de las Escuelas Cristianas; poco antes establecidos en Barquisimeto, llegaron a Puerto Cabello hacia 1910. El Hermano Enrique y el Hermano Juan, fueron los primeros, prácticamente los fundadores. Así echaron raíces en el Puerto estas dos Congregaciones Religiosas que han educado a tantos en el país. Hacia 1950 es cuando en Puerto Cabello se establece el primer liceo. Hasta entonces quienes terminaban la educación primaria tenían tres opciones: Emplearse en una casa de comercio, irse a la Marina o Servicio Militar, o... si eran lo suficientemente afortunados, trasladarse a Barquisimeto, Valencia o Caracas, para continuar los estudios. El Liceo San José de Los Jeques. Y ello no sólo ya en tiempos de los Padres Salesianos, pues antes cuando el famoso y casi legendario "Doctor Arocha", Los Jeques fue también centro educacional que recibió a muchos porteños.

Cómo sería la penuria y dificultades para seguir estudios secundarios a comienzos de siglo, que una deseable solución para algunos jóvenes del Puerto era hacer los estudios en el colegio de los "Frater" (Hermanos Maristas) que aún existe en Curacao. Era entonces más fácil enviar un hijo a la vecina isla a educarse, que a Caracas o a la misma capital más cercana, la ciudad de Valencia.

Parecen cuentos, fantasías, relatos increíbles. No, todo es cierto. Nada ha sido inventado. Lo que no ha sido visto y vivido, ha sido oído de la primera mano, directamente de quien sí lo vio, lo oyó y lo vivió en su experiencia.

Sólo conociendo la pequeña historia, esa que con nuestros actos hacemos con el simple hecho de vivir día tras día, es como podemos apreciar cuánto un sitio tiene que ofrecer y así valorarlo. Es la manera de honrar a quienes nos antecedieron en el esfuerzo, dejándonos al mundo mejor que como lo encontraron.



Ir a la parte superior de la página

Estás leyendo: "Cap. 35- Primeras Palabras"


Temas Relacionados con "Hadas, Duendes y Brujas del Puerto":

Ir a la parte superior de la página



Portal de Juan José Mora

Estás leyendo: "Cap. 35- Primeras Palabras"