Cap. 36- N.S. de la Caridad

Descipción de este artículo: Torre que espera con su ojos vacíos, negando la hora en aquel Puerto sin tiempo. Torre de balcones a los vientos del Norte, recibiendo de lejos a los nautas de ultramar. A tus pies las palmas se mecen esparciendo el aire fresco hacia el angosto corredor. Fragancia de ¡xoras y malabares al viento, y de la tapia en lo alto la rosada bellísima remonta la pared

Entre palmas y sobre el fondo serrano, el cucurucho de su torre se divisaba claramente. Recuerdo cómo sonaban las campanas, con una onda cálida que parecía disolverse con el mar. Aquellos rutilantes crepúsculos de incomparables arreboles dibujados en el horizonte sobre la serranía lejana de Tucacas. "Ángelus Domini nunciavit Marie" musitaban los labios mientras las ondas juguetonas lamían las piedras en la orilla.

Torre que espera con su ojos vacíos, negando la hora en aquel Puerto sin tiempo. Torre de balcones a los vientos del Norte, recibiendo de lejos a los nautas de ultramar. A tus pies las palmas se mecen esparciendo el aire fresco hacia el angosto corredor. Fragancia de ¡xoras y malabares al viento, y de la tapia en lo alto la rosada bellísima remonta la pared.

Horas de la tarde, el día termi na, el sol cae lentamente dando paso al fresco de la sombra. En viejo estanque de aguas remansadas refleja sus colores el escondido jardín.

Espejo de aguas, puerta secreta, alfombra voladora de infantiles fantasías; paso al mundo de la sombra y dimensiones del misterio. Al fondo del angosto corredor sólo una hoja de la puerta abierta. Hay vaivén de mecedor. El párroco termina las obligaciones del día con su lectura del breviario y una tos inoportuna despeja la garganta. Más cerca percibo la Colonia fresca y el tabaco negro, tela de paño y la voz ronca de franco tono español. ¿Estampa costumbrista? ¿Naturaleza muerta? No, es la sacristía que a la época sirve de Despacho Parroquial.

Las naves de N.S. de la Caridad eran recinto claro en horas de la tarde. Ventanales al Este dejaban paso libre a las brisas del manglar. En todos los templos del Puerto se llegaba a Dios como los barcos: impulsado el espíritu por el viento del mar. Templos con plegarias de aliento marino y alguna vez lágrimas con sabores de sal.

¿Quién recuerda al Padre Aurelio? ¿A la Junta Promotora para la construcción del Templo? Año tras año, piedra a piedra, columna por columna hasta cubrir el techo. La Caridad fue construida con papelitos de bazar.

Largas las calles de Puente Fuera a Puente Dentro. Candilejas, pasos, saludos, portones, hasta llegar a la casa que celebraba aquella rifa para la construcción del templo. Estantes de madera modestamente revestidos ocultando la pobreza de su rudimentaria desnudez. Vasijas, humildes flores de papel; cuadros hechos con cromos de almanaque; aquí una bandeja portando algunos vaso§, allá rechoncho florero o la imagen de algún santo, que sobrando en los haberes de un vecino había sido donado al beneficio del bazar.

Las familias turnaban el servicio. Caída la tarde el bazar abría su puerta. Conocidos se encontraban cumpliendo intercambio de noticias. Vestido impecable llegaba el galán a cortejar la Dulcinea que desvelaba sus sueños. La tertulia se armaba a la hora del bazar.

Las nueve horas en la noche indican el momento del regreso. Cerradas las puertas cada quien volvía al hogar. Las mismas calles solitarias. La brisa fresca mecía los árboles sobrevolando los techos de las casonas del Puerto. Los vecinos descansan mientras el sol prepara sus rayos para incendiar el calor del día siguiente.

El Padre Paulino ya ha abierto las puertas. El muchacho sacristán ha trepado a la torre. Las campanas alegres anuncian el día. Los primeros feligreses llegan y se instalan en su puestos de costumbre. Las oraciones se confunden con los chismes del día. Cómo amaneció el vecino enfermo. Qué le pasó a ¡a mujer del otro. Qué del hijo mayor que no volvió a la casa. La última noticia de Caracas: Entre tanto la escalera de caracol deja oír pasos presurosos, es Lolita la maestra de Capilla quien, con la inconfundible voz de Carmen la cantora del Templo, pronto llenarían de acordes los vacíos matinales de aquellas naves sin mar.

Los pedales desgastados nos harían dudar si al órgano del templo se habría acoplado un furruco, al momento en que las voces imploraban:

"Perdón, perdón !Oh! Dios mío. Perdón, y clemencia, perdón e indulgencia, perdón y piedad" Provocando el comentario de algún agudo porteño, preguntándose si lo pedían por el atropello musical o los pecados cometidos por los vecinos del Puerto. La ociosidad en realidad debió ser en aquellos tiempos el pecado mayor. En el Puerto no había nada qué hacer. Era un Puerto sin tiempo, como barco de coral penetrando en el mar.

-""Perdón, perdón !Oh! Dios mío. Perdón y clemencia, perdón e indulgencia, perdón y piedad"

Entre acordes monásticos, lamentos desgarradores. Por los ventanales del Oeste, trepados a la azoteas, se asomaban vestidos en sus caminos de ley los enfermos piadosos del vecino Hospital. La campanilla indicaba los movimientos que siguiendo el ritual debían cumplir los fieles. Tres golpes de campana al "Sanctus Sanctus".

Oración siempre oída en los labios de la abuela, cuando el vendaval desatado en Tucacas, entre rayos, truenos y centellas nos hacía encender cirios y conjurar con el Trisagio los peligros de tormenta. Sí, el Trisagio de Isaías el profeta, era lo indicado para casos graves, en los cuales no había ya más recurso que acordarse del cielo.

-"Santo, Santo, Santo, Señor dios de los ejércitos. Llenos están los cielos y la tierra de la majestad de tu Gloria".

Una y otra vez, hasta que a fuerza de repetir aquellas frases se aplacara la furia desatada del mar. El golpe de campanas siguiente, venía cuando el oficiante extendía sus dos manos juntas, palmas abajo, sobre la ofrenda iniciando el: 'le igitur clementísime Pater". Allí había que arrodillarse, llegaba el momento de la Consagración. Era ese sin duda el más tenso de toda la misa. Cristo elevado nuevamente en la Cruz. Por la Transubstanciación, milagro diariamente cumplido en cada templo, en cada misa, aquel pan y aquel vino habrían de transformarse en el mismo cuerpo y sangre del Señor bajo las especies de pan y vino. Dios mismo en 'a tierra, en el altar, llamado a nuestro lado, hecho aparecer cada vez a voluntad por el poder de la palabra en labios del sacerdote. ¡Increíble! Misteriode fe. Así era, así había que aceptarlo. Era lo mejor para no entrar en complicaciones que no nos llevaban a ninguna parte. ¿Cómo privarse luego de participar en el banquete del altar? Invitados a él con la tierna y apasionada plegaria que nos dejó el gran santo de Loyola:

Alma de Cristo ¡Santifícame! Cuerpo de Cristo ¡Sálvame! Sangre de Cristo Embriágame! Y así sucesivamente hasta terminar con aquella patética imploración. "En la hora de mi muerte llámame, y mándame ir a ti.

Para que con tus santos te alabe, por los siglos de los siglos". Amén. Qué arrebato de pasión sublime debió tener Ignacio de Loyola, para componer aquella plegaria traída por el viento degde Monserrat y Pamplona, hasta las naves del templo en aquel lejano Puerto. Por generaciones sería allí oída y sentida para conmover las almas, duras por cierto, de aquellos guipuzcoanos, sus hijos y los hijos de sus hijos; aquellos cuya huella no sólo quedó en patronímicos porteños de todos conocidos, sino también en las viejas casa coloniales que son ornato y orgullo del lugar. N. S. de la Caridad está hoy en su hermoso templo, abierto al viento, lleno de luz, lleno de sol; viendo orar a su hijos con las mismas plegarias que han vencido al tiempo. El mismo canto entonado tal vez por voces distintas, pero llevando siempre a la Madre de Dios y Madre celestial, en la misma oración de todos los porteños, imperecedera manifestación de amor.



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