Cap. 37- Retiro Espiritual

Descipción de este artículo: No podía faltar al final de la mañana un buen tiempo para los cánticos espirituales. Había entre los alumnos bellas y entonadas voces. Otros por el contrario, no sé si por desgano o por carencia total de la gracia de Orfeo, mejor se quedaban callados

Como era norma la larga preparación catequética para la Primera Comunión terminaba con tres días de Retiros. Durante ellos se pasaba el día entero en el colegio, asegurando así el máximo recogimiento. Cada día por la mañana temprano se oía misa, luego charlas que el párroco venía a ofrecer explicando cuanto era fundamental saber para un primocomulgante.

Durante las pausas o recreos no se hacían carreras ni practicaban juegos. La agitación física era contraria a los fines del desarrollo del espíritu. Segu ía a la charla una proyección en la Linterna Mágica, en la cual se narraba por enésima vez la vida y martirio del joven Tarcisio; o en su lugar otras exposiciones pías con figuras impresas a color en enormes cartones, los audiovisuales de la época. Así se mostraba en imágenes para retenerlos mejor, los artículos del Credo, las ideas rectoras de las oraciones fundamentales y los Sacramentos.

No podía faltar al final de la mañana un buen tiempo para los cánticos espirituales. Había entre los alumnos bellas y entonadas voces. Otros por el contrario, no sé si por desgano o por carencia total de la gracia de Orfeo, mejor se quedaban callados. Si cantaban era muy difícil para quien estuviera a su lado mantener la debida compostura.

¡Oh! Todas aquellas dulces canciones que nos hacían sentir parte del "Coro Angelical". "Con dulce alegría entone mi voz, un canto a María la Madre de Dios". Ave, ave, ave María. O la otra en el Colegio muy bien conocida:

"Con el ángel de María las grandezas celebrad. Transportados de alegría sus ternezas publicad. !Oh! María, Madre Mía, etc., etc.

No faltaban ¡Por supuesto! las correspondientes al Stmo. Niño Jesús, modelo de perfección infantil, junto con Guy de Fontgalant, que de época más reciente también a mano tenían los buenos Hermanos. San José tenía unos cuantos cánticos, pero ¡Poco afortunados! No de los mejores. Más emotivos ¡Mucho más! aquellas marchas cuasi heroicas que a la letra decían: "Gran Siervo del Señor, Glorioso Juan Bautista". O... la otra:

"Al apóstol de la escuela, Padre fiel de la niñez, Nuestro voz ferviente anhela, Bendecir con sencillez". Pues de América el infante, con el franco y español, te proclaman padre amante etc., etc. Y ¿Dónde dejar aquel Himno Eucarístico?

"¡Oh, Buen Jesús! Yo creo firmemente, que por mi bien, estás en el altar". Emotivo, profundamente emotivo; más de una vez algunos derramaron lágrimas entonando tan hermosa oración.

El almuerzo en el Retiro era frugal, como iniciación al cumplimiento de futuras abstinencias y ayunos, a los cuales hecha la Primera Comunión quedaríamos todos obligados. El recreo lo más silencioso posible, para mantener recogida el alma hasta recomenzar los ejercicios:

Pasado el mediodía los rayos del sol caían aún verticales. Por ellos el mar herido de manera inclemente elevaba al cielo no plegarias, sino capas de vapor. Difícil divisar con claridad los cocotales que lejanos hacían de retablo a la larga línea amarilla de la playa. Se sentía contra el muro el golpear de lasólas; algún almendrón en punto de máxima sazón caía, y el viento en lo alto, más arriba de los árboles, que con sus follajes eran cual campanas de alegría, celebraba el único sitio fresco de la casa.

El santo Rosario era sin duda el ejercicio más recomendable para reiniciar el programa. Después, ensayo para lograr un buen examen de.conciencia; y la víspera de la gran fiesta: Hacer una buena confesión que nos aseguraba haber quedado lo suficientemente limpios para recibir al Señor sin comentario sacrilego. Naturalmente que tenían lugar los repasos incansables del Catecismo.

-¿Quién te ha creado?

-Dios me ha creado.

-¿Quién es Dios?

Y así seguía aquella letanía de preguntas concretas con sus correspondientes invariables respuestas. Los Misterios, los Mandamientos, los Sacramentos, la Oración; todo aquello fue aprendido para no ser olvidado jamás. Cómo me divierto hoy lanzando a alguien la pregunta inesperada, viendo en su rostro la sorpresa, tanto por la pregunta misma como por no saber qué responder. -¿Cuántas y cuáles son las Virtudes Teologales? -Silencio.

-¿Cuáles son las Potencias del Alma? Nuevamente: ¡Silencio! No digamos nada si preguntamos otras cosas profundizando más. La confusión y asombro del interrogado casi le da vértigos.

¡Ah! Cuánta razón tiene un ocurrente amigo, cuando dice hablando muy en serio "Ruego a Dios que a la hora de mi muerte, me ponga al alcance un cura que sepa bien 'a absolución; no sea cosa que por error de forma vaya a ir al infierno. Sí... que me traigan un buen capuchino español con barbas y sandalias, que sepa bien el catecismo y que aún hable latín. Hoy todo ha cambiado, no se puede ya creer nada".

¿Caprichos? ¡Tal vez! pero... ¿Quién sabe si no tiene razón? Cuando estemos del "otro lado" lo sabremos. Pues bien, en esos repasos se llegaba a lo exhaustivo tratándose de la Confesión y la Comunión. ¿Cuántas cosas se requieren para el perdón de los pecados? -Cinco, a saber:

1 ro. Examen de conciencia.

2do. Contrición o dolor de corazón. 3ro. Decir los pecados al confesor sin omitir a conciencia ninguno. 4to. Propósito de enmienda. (Aunque fuere sólo en, principio, y a menos por ese momento y tosí subsiguientes).

5to. Cumplir la penitencia. Esta, generalmente a los pies de alguna imagen y mediante la recitación de fórmulas y plegarias que venían bien al efecto.

¡Aquellos ejercicios! Mandamiento por Mandamiento, para saber cuándo se había faltado a él y cuándo no. Amar a Dios sobre todas las cosas. En ese no parecía asentar la angustia de ninguno. ¿Quien podría afirmar que no amaba a Dios?

No tomar el nombre de Dios en vano. ¡Ah! Allí empezaban los problemas. -Padre, yo juré que no jugaba más metras con fulano. -Yo juré que haría tal cosa, etc., etc.

Santificar las Fiestas. ¿Cuántas veces no he ido a misa? ¿Cómo la he oído? ¿He estado tranquilo en mi asiento? ¿He entrado al templo sin el debido respeto? ¿He honrado siempre la casa del Señor? Y seguía el inventario: Honrar padre y madre. Les dije mentiras, aquel día fui desobediente, el otro...fui con desgano a un mandado. No llegué temprano a casa. Fui malcriado y contestón.

El quinto... -No he matado a nadie, pero ¿He dado motivo de escándalo? Y venía a la mente aquella imagen mostrada en un cartelón del catecismo, con un pobre infeliz que lo echaban al mar tan azul como el del Puerto) con una rueda de molino atada al cuello, porque había dado motivo de escándalo; y el Señor claramente dice en las Sagradas escrituras, quequien escandalizare era reo de tamaño castigo. ¡Cuántas veces una palabrota indispensable, en defensa de conculcados derechos, podía haber sido motivo de escándalo!. ¡Y el mar... tan cerca!

El sexto... ¿He dicho palabras obscenas? En aquel mundo de zafios con vocabulario soez a cual más variado. ¿Quién se salvaba? Y que terrible cuando ante una poco productiva confesión el confesor tomaba la delantera y hacía él las preguntas.

Y llegábamos al séptimo. Problemático como ninguno, pues exigía para el perdón por las faltas cometidas contra él, la devolución de lo hurtado. ¿Cómo restituir los caramelos aquéllos que sin que se diera cuenta mi vecino, fui yo quien los comí? ¿De dónde sacarlos? O la revista con aquellas tiras cómicas fantásticas, o el juguete que de otra manera jamás habría sido tocado por mis manos? ¿Cómo arreglar ahora el daño? El octavo. Ni mentir, ni desacreditar, ni ofender, ni chismear. ¡Qué de problemas! Si no fuera por aquellos oportunos atenuantes: Las mentiras se clasificaban en jocosas y perniciosas. Con un poco de habilidad y buena voluntad, ^ntre las primeras tratábamos de meterlas todas. De lo contrario ¿Cómo subsistir? ¿Cómo poder aspirar seriamente a un puesto, aunque fuera en el establo o perrera del Reino de Dios?

Otro alivio y muy grande, nos trajo un Padre bonachón y bondadoso de paso en el Puerto, nos hizo inolvidable aclaratoria: Para que haya pecado grave se requieren tres cosas, a saber: Primero: Materia grave.

Segundo: Actuar con conocimiento de lo que se hace, es pecado. Tercero: Libre intención. Querer pecar y actuar libremente, sin que haya mediado coacción alguna. Un pecado, por otra parte pensábamos, era una "Ofensa a la infinita majestad de Dios" ¿Quién querría ofender a Dios?

Cuando se largaba una palabrota recordando su progenitora a alguien, porque había trampeado jugando metras, o el trompo había caído mal, de lo que se trataba era todo menos ofender a la "Infinita Majestad de Dios".

¡ En fin! Aquellos atenuantes eran agua fresca, bálsamo para nuestra infantil alma pecadora. ¡Y es que la perspectiva ante el pecado era terrible! Toda una vida de santidad, la más ejemplar y también más larga, llena de mortificaciones y penitencias, podía arruinarse con un sólo pecado cometido minutos antes de la hora de la muerte. Había pues que vivir alertas, muy alertas.

La práctica de los Nueve Primeros viernes eran una buena garantía para asegurar la perseverancia final. B Escapulario del Carmen llevado siempre, era contra. Entre todas además, era bueno tener siempre presente algunas útiles costumbres, cómo encomendarse a la Stma. Virgen, a las Animas Benditas, y no olvidar la tierna devoción al Ángel custodio. De manera particular y privada cada quien tenía el suyo directamente asignado por Dios el día del nacimiento, y su única función era protegernos. Tener pues la jaculatoria siempre a mano, era como un resorte infalible que nos conectaba al punto con cualquiera de esos divinos poderes.

En la tarde ya próximo el crepúsculo volvíamos ¡derechito a casa! Recogidos, muy recogidos. Cena en familia, repaso de lo vivido en el día, oraciones y a la cama. Nada de cine, ni radio, televisión ni soñaba en aparecer para la época, pero sí había cine, y con películas de vaqueros eran ¡La gloria! Tom Mix, Tim McCoy, John Wayne. Cómicas formidables con Harold Lloyd, Charles Chaplin, Buster Keaton. O de acción con Harry Bauer, Paul Muni, Charles Laughton, Errol Flynn. ¿Quién no recuerda al Capitán Blood? Todo ello era ocasión de pecado si distraídos los sentidos faltábase a algún Mandamiento. De modo que a dormir temprano. En cama el riesgo era mínimo.

Así pasaban los tres días del Retiro. Por fin llegaba el último, la prueba de general, repaso. Lo distinguían dos hechos culminantes: En la mañana se haría un ensayo de la ceremonia del día siguiente, de dos en dos desde nuestro puesto hasta el altar. Allí recibiríamos una forma que no estaba consagrada, en consecuencia: Era un pedacito de pan, nada más. Si se caía al suelo u ocurría alguna otra cosa indeseable e imprevista, no habría sacrilegio.

Mucho recogimiento, abrir bien la boca, sacar la lengua de manera que la hostia fuera depositada cómodamente en ella por el sacerdote. Después vuelto al banco y de rodillas, hacer la acción de gracias. La sagrada forma había que tragarla entera, pues si no se hacíaasídejándoladisolverentre lenguaypaladar.no se había comulgado, el acto era inválido.

Pero... atención... Si habíamos ido a comulgar en pecado o mal preparados, el acto era en cambio irremediablemente un sacrilegio. El ensayo aseguraba que al día siguiente todo saldría perfecto.

Por la tarde tenía lugar otro momento culminante del Retiro: La Confesión. Había que hacerla bien, muy bien, no olvidando los cinco requisitos para el perdón de los pecados. De modo que un buen examen de conciencia, tan prolijo como posible, hasta el punto que allí valía más pecar por exceso que por carencia. Mejor confesarlo todo, lo que sin dudas fue un pecado y que mejor lo juzgue el confesor.

Dolor de corazón tanto cuanto fuéramos capaces de lograr. La confesión verbal, de todo. Luego las oraciones penitenciales, hacerlas a cabalidad y... con alguna otra espontáneamente hecha a mayor abundamiento y por añadidura.

Ahora sí que estábamos listos, y ese día sí que nada mejor que derechito a casa. Casi sin hablar, sin levantar los ojos del suelo, no se fuera a estropear todo. Temprano también pues a la cama. Sólo con tales precauciones los riesgos eran mínimos, las oportunidades que sin querer podíamos ofrecer al demonio, muy remotas.



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