Cap. 38- Primera Comunión

Descipción de este artículo: 19 de marzo, día de San José. Fiesta patronal de la Parroquia. Desde la víspera en el Colegio había habido movimiento. Terminadas las clases trajeron caballetes y tablones que en cuestión de segundos fueron convertidos en mesas

19 de marzo, día de San José. Fiesta patronal de la Parroquia. Desde la víspera en el Colegio había habido movimiento. Terminadas las clases trajeron caballetes y tablones que en cuestión de segundos fueron convertidos en mesas. El corredor a todo lo largo, desde la puerta de entrada hasta el mar, quedó lleno de ellas. El empleado hacía el aseo más prolijamente; pisos y ventanas recibían cuidados como sólo ocasionalmente. Señoras y señoritas, ya de cierta edad, entraban y salían como si estuvieran en su casa; cosa rara ésta en recinto de religiosos, donde de costumbre no había otra mujer que la vieja cocinera. ¿La causa de todo ese revuelo? Que al día siguiente un grupo de niños haría la Primera Comunión.

Los primocomulgantes formaban grupo heterogéneo. En parte constituidos por alumnos del Colegio, y en parte muchachos humildes de la catequesis. Con unos y otros se formaba un solo grupo, que recibiría por primera vez la Santa comunión en la gran fiesta de la Parroquia.

Venía al fin el día más feliz de la vida, según testimonio del mismo Emperador Bonaparte. Así nos había contado el Hermano, que como buen francés, debía saber si era verdad o no lo que decía. Temprano en la mañana estaba nuestra santa madre haciéndonos salir de la cama. El hermoso traje blanco con primoroso lazo en la manga; el blanco rosario y el erguido cirio lleno de arabescos y colores también estaba listo. El problema eran los zapatos. Debían ser blancos y ninguno en el Puerto los hacía mejor que "Musiú" Abraham , el mejor y más conocido zapatero del lugar. Las medidas fueron tomadas a su debido tiempo y después de los consabidos retardos en la entrega, propios de todo buen sastre o zapatero respetable, el par de zapatos era al fin recogido la víspera. Todos estrenaríamos cómodos zapatos blancos en la Primera Comunión. Pero... no amansados todavía, a los pocos minutos puestos, los pies no los-soportaban. Más de uno regresaba de la Iglesia cojo.

El sol aún se desperezaba en las sombras cuando estaba todo el grupo de niños reunidos en la entrada del Colegio. El ayuno eucarístico obligaba a no ingerir nada, ni agua, desde las doce en punto de la noche anterior. Para todos esa experiencia de levantarnos y no desayunarnos era la primera que teníamos. Los riesgos de desvanecimiento durante la misa, sobre todo en el grupo de las niñas, era frecuente. De allí que las buenas tías y damas catequistas llevaron consigo suficiente provisión de Agua de Colonia para el caso necesario. Alguna vez, no sé si por el ayuno o por las emociones removidas al extremo en una alma infantil, una primocomulgante no pudo con el grupo recibir al Señor.

En fila de a dos por el medio de la calle, pendones en alto primocomulgantes delante y el alumnado en pleno atrás, partía el grupo del Colegio a la Iglesia. Las siluetas de los Hermanos, con sus manteos de mangas inútiles y sus tricornios puestos caminando por la acera, cual pastores del rebaño, daban a la estampa un toque singular.

El templo nos recibía a toda luz. El Arco Toral encendido de punta a punta y con los ángeles portadores de enormes luminarias, irradiaban al máximo lo que debía ser el brillo de la misma Gloria. El derroche de flores, margaritas, azucenas, lirios, hortensias, rosas y todas cuantas fueran posible, hacía del templo un cofre de fragancias; debían llevar con el incienso al cielo la expresión más pura de nuestros corazones. La plática fue breve, estaba de paso en el Puerto el viejo Párroco, quien por más de veinticinco años había cuidado las almas porteñas. Del pulpito nos dio un saludo paternal y cariñoso. Siguió la Santa Misa, desde lo más alto del altar San José nos miraba con un Niño como nosotros. Podía ser como si alguno del grupo se hubiera elevado en representación nuestra a hacerle compañía.

Pasada la Consagración, rezada la Oración Dominical, vinieron los tres toques de campana llamándonos a repetir con el Centurión romano que nos cuenta el Evangelio,

-"Domine, non sum dignus". ¡Señor! No soy digno de que entres en mi casa, pero di una sola palabra y mi alma será sanada.

Dicho tres veces a golpe de campana, para que entrara bien en nuestros ya contritos corazones, y luego nos pusimos en fila para el momento supremo al tiempo que el coro dejaba oír el universalmente conocido himno:

"Cantemos al Amor de los amores, Cantemos al Señor. Dios está aquí, venid adoradores, Adoremos, A Cristo Redentor"

Cuánto honor, qué sentimiento tan especial nos embargaba, al ver que para nosotros se habían preparado los dos solemnes reclinatorios forrados en peluche rojo, destinados sólo al Obispo cuando cumplía su Pastoral Visita, o a las Autoridades Municipales los días Jueves y Viernes Santo.

Avanzamos entre las miradas emocionadas de nuestros familiares, ansiosas algunas temiendo el previsible desmayo por el ya largo ayuno. El coro repuntaba con fuerza triunfal:

"Gloria a Cristo Jesús, Cielos y tierra, bendecid al Señor. Honor y gloria a Ti, Rey de la Gloria, Amor por siempre a Ti. Dios del amor".

Sí...! Si los cristianos supiéramos lo que en verdad está encerrado en ese ingenuo Himno eucarístico, conocido de arriba abajo por generaciones en toda la Cristiandad de habla hispana!. "Amor por siempre a Ti, Dios de amor". Si lo comprendieran de verdad, un poco mejor andaría el mundo.

Escarbando en mis recuerdos creo que al arrodillarme tuve un estrechamiento de conciencia. Recuerdo sólo aquellas manos perfumadas del padre Florentino; el copón de oro y piedras que si no eran, merecían ser preciosas; y entre sus dedos suspendida en el aire, como esperándome, la primera hostia consagrada que recibí en mi vida.

"Gloria a Cristo Jesús, Venid adoradores, Adoremos, A Cristo Redentor".

¿Quién estaba a mi lado? ¡No sé! ¿Quiénes de mis familiares me observaban? ¡Tampoco! ¡Recuerdo aquel universo de luz, de perfumes, de cantos, y que el piso de baldosas y lajas frías, se había transformado en alfombras! ¡No hacíamos ruidos al caminar, no se sentía el taconear de nuestros pasos! Al contrario: andábamos como sobre nubes. Así debía ser el cielo, caminar flotando en el aire.

En la calle, el sol se había hecho presente. Una mañana azul como tantas mañanas del Puerto. El desfile inició su marcha, desde lo alto del balcón el tío alcalde nos regaló su bondadosa sonrisa. Tras los pendones y los acordes del coro, regresamos al Colegio. Como por efecto de un encanto, los tablones de la víspera se habían convertido en blancas mesas cubiertas de flores, y sobre ellas panecillos variados para todos los gustos; deliciosas tortas, ponqués y bizcochuelos, y por sobre todo humeantes tazas del dulce chocolate.

Desde horas antes había empezado la cocina a preparar aquella bebida que... ¿Simple casualidad? Los abuelos indios tenían como bebida de los dioses: el "Thewobroma cacao" Chocolate La India en tabletas, lentamente preparado, dejándonos disolver aquellas burbujas enormes, que reflejaban del Puerto el sol y el cielo... como aquel mar también azul.



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