No se escuchan lamentos, todo es silencio en el "Calabozo Especial" destinado por la dirección del penal para el cumplimiento de necesidades urgentes en horas meridianas. En este sitio está ubicado el "excusado o letrina". Las mismas tareas nocturnas se cumplen en el célebre "pollino".
Las piedras con sus risas preñadas de ironías me contaron una tarde de brisa fresca proveniente del golfo, que el "excusado" del castillo acercaba a los hombres mientras pujaban. El humo de los cigarrillos, la penumbra húmeda y mal oliente, el diálogo y la libre discusión de las ideas transformaban el lugar en un pequeño Ateneo.
Algunos comentaban que las letrinas en las cárceles eran los mejores sitios para la murmura; una especie de filtro de los chismes diarios.
ratas y otras alimañas servían de testigos a las angustias expresadas por los presos cuando tenían que hacer malabarismos entre barras de acero, para expulsar sus materiales fecales.
Cuando los hombres se agachaban "enrollándose los pantalones" con serias dificultades por interferencias de los grillos, las lenguas se alborotaban:
¡Fulano de tal es un carajo...!
Es un servil; un infeliz adulante.
El escape de gases sonoros era una aventura que encendía los ánimos para el comentario jocoso. Apuñando quejidos entre dientes apretados, las murmuraciones surgían a flor de labios revoloteando como moscas asustadas, como arañas voraces o alacranes venenosos.
Este lugar era propicio para ahogar las penas en podredumbre con el piso cubierto de orines, trozos de papel desprendidos de algún libro de literatura barata, ya utilizadas en labores higiénicas y a veces hojas amarillentas de la revista cubana "Carteles", celosamente guardadas por los presos para estas oportunidades.
El recuerdo se cobijó en las grietas verdosas de las piedras, para contarnos que en una mañana del mes de enero de 1914 los detenidos políticos en el patio del "Olvido", obtuvieron por canales clandestinos, copia de un telegrama enviado a Juan Vicente Gómez por un grupo de ciudadanos residentes en Puerto Cabello, representantes del comercio, asuntos aduanales, comisionistas, exportadores y algunos adulantillos de oficio.
Se conoció que este mensaje fue consignado en la oficina del Telégrafo Federal el día 7 de enero de 1914 a las cuatro y treinta de la tarde. Su contenido era el siguiente:
"Como únicamente bajo la égida de la paz es que progresan las naciones y se hacen fuertes, prósperas y grandes; y como no tan sólo laboran por el bien patrio los que se ocupan de la política, sino también el industrial y el trabajador, que afanosos de bienestar aportan su contingente al adelanto colectivo y al aumento de las riquezas públicas, nosotros, los comerciantes de Puerto Cabello, que no podemos activamos sino bajo un régimen de normalidad y garantías, y que estamos bien en el seno de esta actualidad propicia a nuestra labor, expresárnosle nuestro reconocimiento a usted, que es el fundador de la paz nacional, y le ofrecemos nuestra cooperación para el sostenimiento de ella, junto con nuestros votos por su ventura personal. De usted amigos".
"Ricardo y Osear Kolster, Moratinos y Compañía, Pedro Ramírez Tirado, Eduardo Berrizbeitia y Compañía, Carlos Rodríguez y sucesores, Rivas Fensohn y Compañía, Capriles y Torres Guerra, J. Espinoza Pérez Sucesores, A. Martínez y Compañía, H. Suels Sucesores, Taurel y Compañía, V. Díaz Alvarez, Macario Pantoja, Federico C. Escarrá, Carlos Nier y Compañía, H. Roo, Hely S. Socorro, J. González, R.M. Sénior, Rafael Romero Díaz, F. Roo, Luis González, Pedro González, A. Manuel Agreda, Luis M. Díaz, Pedro Echeverría, C. H. Gramcko, M. Lugo Anzola, Manuel Bigott, Pedro Rojas, Salomé Méndez, B. Marchena, Guillermo Roo, Carlos Mas, Julio A. Matos, R. Velazco, F. Sambrano P., J. Cafroni, E. E. Garcés, Rafael Perei-ra, José Rivero, Cecilio Hidalgo, Félix Mancebo, N. Brito, H. Pérez, Osear A. Suárez, Juan Alvins, José Tolimon".
En el calabozo-letrina varios presos comentaron a viva voz las intenciones de los firmantes del documento laudatorio. Los calificativos se ajustaron al momento histórico de terror que conmovía al país. Millares de venezolanos por miedo a la férrea dictadura gomecista, se involucraron en esta cruzada dirigida desde las alturas del poder.
Después del severo análisis, el último en leerlo, alzó el papel ceremoniosamente y en gesto aplaudido por sus demás camaradas, le dio el justo uso que merecía.
La intercalación de cuentos y chistes al rojo intenso, prestaba a la conversación una movilidad de diálogo; una agudeza de percepción a veces sanas y otras peligrosas. Algunas se traducían en risas, alegrías, alejamientos de las tristezas, los demás, por sensibilidad vanidosa de los que perdieron la imaginación se hacían indignantes.
En esta bóveda donde los hombres se arrimaron a los muros para hablar y contarse sus problemas, al entrar la noche con su silencio de tumba abandonada, la tristeza rasga la madrugada con el toque de diana o el canto de los gallos. |