Descipción de este artículo: A lado y lado, bosques de palmeras; el puente del río San Esteban se lo conocía como el de Paso Real, y más adelante el del río Goaigoaza, el Puente Bolívar. La ingeniería de aquellos tiempos obligaba al vehículo a subir los puentes a nivel más alto que la propia carretera. La Elvira, La Providencia, La Salina, nombres de haciendas que al viajero mostraban la riqueza de nuestro suelo
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Era el premio para un día de cumpleaños o Primera Comunión, y la única empresa que ofrecía los servicios de un vehículo en alquiler, por el increíble precio de cinco bolívares la hora, era la del popular César Dao. También eso valía un paseo hasta El Palito.
La carretera partía desde la vieja Alcantarilla, cruzaba los rieles del tren poco antes de los estanques petroleros de la Creóle, ubicados a la época donde tiene hoy sitio la Estación del Ferrocarril que va a Barquisimeto. Era una vía angosta donde justo cabían dos automóviles. Cualquier vehículo de mayor tamaño obligaba al conductor a especiales precauciones.
A lado y lado, bosques de palmeras; el puente del río San Esteban se lo conocía como el de Paso Real, y más adelante el del río Goaigoaza, el Puente Bolívar. La ingeniería de aquellos tiempos obligaba al vehículo a subir los puentes a nivel más alto que la propia carretera. La Elvira, La Providencia, La Salina, nombres de haciendas que al viajero mostraban la riqueza de nuestro suelo.
Como ocurría en aquellos tiempos, las carreteras se hacían pavimentando los viejos caminos, sin cuidar las diferencias de nivel; desde Santa Rosa comenzaban los famosos "Sube y baja" que producían en los viajeros la sensación de vacío al caer en el espacio bruscamente.
Pasado el portón de Santa Rosa, algo más adelante, a la izquierda se veía un rancho en ruinas llamado El Paradero; posible sitio de postas de los viajeros de antaño. Al final de larga recta dando la curva se llegaba a El Palito, que ofrecía a la vista de repente la belleza de su playa. El Palito miraba a una espléndida bahía abierta ¡ al viento saturado de mar. El soplaba generoso sobre el ¡ rostro del viajero, quien generalmente se detenía a •: contemplar aquel azul infinito de tonadas vespertinas \ que dominaba el paisaje.
A varios metros de la playa se bañaba eternamente misterioso peñón negro, dando pábulo a variadas consejas. Cabanas servían de vestuarios. Las palmeras dispersaban el viento, aquel viento fresco que se sabía
de muy lejos; transparente en azules y blancos de las nubes lejanas. Otras... un viento siniestro que contaba de naufragios y marineros perdido en el fondo de las aguas.
El tiempo pasaba viendo hundirse a los lejos los colores del crepúsculo más alia de Tucacas, en las tardes claras a lo lejos. Venus apuntaba en los cerros lejanos que demarcan Patanemo y una luna solitaria trepaba silenciosa, recordando la cita, en tranquilo ventanal aguardaba el romance de ensueños juveniles.
Las estrellas terminaban de adornar el cielo y contándolas preparábamos el retorno. Un encanto mágico ten ían aquellas tardes, una vibración indefinible penetraba lo más íntimo. La larga carretera nos devolvía a otra dimensión que por vivirla a diario era difícil percibir. Vivencias íntimas en la intemporalidad de las esencias disolvía el encanto y entrábamos al Puerto. Cuánto gozo aquellas tardes cuando el premio había sido aquel espléndido regalo: Un paseo en auto hasta El Palito. ¡Era tan poco y era tanto! Sólo un paseo en auto a El Palito. |