Cap. 41- Los Presos

Descipción de este artículo: Una mañana cualquiera bajo el cielo azul del Puerto. Los rayos caen verticalmente perforando escuálidos almendrones. El Águila en lo alto derrite el bronce de sus alas. Los barcos en el muelle no terminaban su diálogo de amantes con los balcones de la vieja Aduana. La Plaza Flores es oasis de verde frescura a la orilla del puerto

Una mañana cualquiera bajo el cielo azul del Puerto. Los rayos caen verticalmente perforando escuálidos almendrones. El Águila en lo alto derrite el bronce de sus alas. Los barcos en el muelle no terminaban su diálogo de amantes con los balcones de la vieja Aduana. La Plaza Flores es oasis de verde frescura a la orilla del puerto.

De repente, ruido de botes que arriman al embarcadero bajo el kiosko de Ugueto; guardas armados de largos fusiles desembarcan los presos.

Los vi alinearse vestidos con sus uniformes de rayas horizontales azules y blancas. Fueron llevados en grupo hasta el sitio junto a la Aduana y pican piedras para construir el pavimento. Se cumplía de ese modo, del Régimen una de las tres magnas consignas: Unión, paz y trabajo. Pasaron unos años y otra mañana bajo el sol porteño, vi traer los presos al mismo sitio para recuperar la libertad. Algunos, ya viejos y de barbas blancas, debían ser ayudados por otros para tenerse en pie y caminar. Entre ellos, héroes del Falke, del año 29. Hasta uno muy anciano me indicaron correr y darle mi nombre. Me estrechó fuerte y por su rostro corrían lágrimas.

A menos de una milla del Castillo, en una lancha gris, el poeta Andrés Eloy acompañado de amigos porteños, echaron al fondo del mar los grillos de ignominia y de la infamia. Allí duermen y que sea para siempre.



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