Un silencio húmedo de estrellas y cantos lejanos de gallos trasnochados, envuelve la penumbra de los calabozos. La columna vertebral de los prisioneros que duermen en piso salínoso, se arquea de dolor agudo. Sienten sus huesos molidos, dando la sensación de haber sido triturados a golpe de mandarria.
"Cara de Perro" era un "corre ve y dile" del General Maximiliano Casanova, Gobernador de Puerto Cabello el año 1929. Su verdadero nombre, porque así aparecía en su Partida de Bautismo, era Francisco Arias, encargado del Aseo Urbano Municipal, protector de rameras y criador de ovejas y cabras en los alrededores de la ciudad.
Este sujeto estaba ligado tal vez familiarmente 0 por asuntos de negocios, con una célebre celestina conocida popularmente como "La Elisa", dueña de un lenocinio o burdel denominado "Las Chaumier", que competía en la zona con otro ma-bil regentado por un tipo que utilizaba chulos en sus operaciones de trata de blancas, con prostitutas provenientes del interior del país.
Por delación de "Cara de Perro" fueron detenidos como enemigos de Gómez, siete ciudadanos honorables residentes en Puerto Cabello: Gregorio Núñez, barbero; Sebastián Mungarrieta, comerciante; José Garcés, dentista; Antonio Arias Ri-vas, comerciante conocido cariñosamente como la "ortofónica" debido a su ronca voz; Pablo Mendoza Reyes, oficinista; el señor Francisco Ramón Peña y Leopoldo González.
El calabozo 25 recibió su porción de presos con grillos sesentones. Los obligados huéspedes encontraron la celda como una cueva de terror, que podía identificarse entre las más tétricas del penal. Mendoza Reyes le confió a las piedras su preocupación por el siniestro lugar donde las filtraciones formaban "estalacticas de sal en la comba de la bóveda, con una cruz pintada de negro en el muro del fondo, que alguien con gran sadismo dejó allí como una decoración".
Siete hombres, siete pensamientos, siete angustias tirados en el duro piso sobre sucios colchones, colocando sus zapatos como almohadas para poder conciliar el sueño. El recuerdo de madres, esposas, hijas y hermanos, los traía el oleaje del mar al golpear con furia las paredes mudas. Aquellos ruidos permanentes escuchados hasta horas avanzadas de la madrugada, parecían una canción de rugidos.
Las paredes de este calabozo estaban impregnadas de dolorosas historias. En su vientre murieron Manuel Urbina, valiente general falconiano por cuyas venas corría sangre de fuego, igual a la de José Leonardo Chirinos. El Capitán Rafael Al-varado, enjuiciado por su directa responsabilidad con los sucesos revolucionarios de 1929 y el desa-1 fortunado ataque al Cuartel de San Carlos.
Urbina solo y desamparado, con las carnes llenas de llagas, falleció en medio de la oscuridad de la noche tirado en el piso donde su cadáver quedó cubierto por una vieja cobija. Por su parte, Alva-rado, víctima de las terribles torturas que sufrió, tuvo una agonía desesperada que heló los sentimientos de sus otros compañeros de infortunio. Ambos fueron enterrados en un lugar conocido como "El Olvido" en el Cementerio Municipal de Campo Alegre, de Puerto Cabello. |