Para atender a los hijos de muchos empleados de las casas alemanas, que sólo temporalmente estarían en el país, vino de su tierra Herr Schwarz; joven y de aspecto agradable, al menos a primera vista. Lucía un corte teutón, dejando bien al aire las orejas. Nariz perfilada, anteojos ahumados por el inclemente sol porteño, labios finos y cerrados, como señal de haber sido habituados a reprimir las emociones.
Vivía en lo altode un depósito decafé, donde se había dispuesto lo necesario para garantizar la mínima comodidad de una vivienda, yuna sala queservíade aula. Más allá, hacia la calle, el vetusto balcón de nuestras nobles casas coloniales. Allí funcionaba la "Deutscher Schule" de Puerto Cabello, que también en el Club Unión, por las tardes tenía su campo deportivo.
El salón era ordenado; seis pupitres para seis alumnos, no más. A un rincón un piano que sonaba con frecuencia para enseñarlos a cantar. La educación musical era parte integral y no complementaria ni optativa del programa. Cada niño tenía que cantar bien todas las melodías de la tradición cultural germánica, entre ellas ¡Claro está! Las hoy universalmente conocidas canciones navideñas. Los alumnos más dotados, ya temprano se iniciaban en el canto coral a varias voces.
En una pared un largo armario servía de biblioteca. Sobre él objetos diversos, entre los cuales no podían faltar caracoles y conchas de mar, tan apreciadas por los visitantes del norte como temidas por los propios, mejor informados de las fuerzas negativas contenidas en esos esqueletos.
En las paredes no faltaban estupendos almanaques con fotografías de ensueño, puertas de escape a mundos de fantasía cuando en clase el sopor la hacía insoportable. ¡Quién volara al aire! como mostraba el almanaquito azul, en cuyo cielo como plumas flotaban albos Zepelines.
Paredes blancas, techos altos. En la principal, en sitio de honor presidía un inmenso retrato del Führer y bajo él la bandera con la cruz gamada; para entonces y para muchos, antes que signo de ignominia lo era de esperanza.
Bajo la autoridad indiscutible de Herr Schwarz la clase transcurría con regular disciplina. Vocabulario, pronunciación, lectura, escritura, cálculo y dibujo. ¡Ah! El arte. Tanto la música como el dibujo, eran aspectos en que se ponía énfasis como en cualquier otra materia. Los germanos saben bien que eso de saber cantar, es algo más que invitación al "bonche" y al "Meneo". El oído melódico tiene valor distinto del oído rítmico para desarrollar el alma. La necesidad de ritmo quedaba satisfecha
con las marchas, los aires bélicos que se respiraban al momento.
Los buenos modales eran inculcados desde la entrada. Lo primero, saber cómo inclinarse profundamente, dando la mano auna persona mayor en señal de respeto. Las niñas por su condición no lo hacían, sino una graciosa semi-genuflexión manteniendo cabeza y torso erguidos; mirando de frente con alegría a la persona saludada, ofreciendo su amable sonrisa. Esas normas de etiqueta eran ensayadas hasta dominarlas plenamente.
Naturalmente que en posesión de esos hábitos extraños, los pocos alumnos "criollos" de Herr Schwarz llamábamos la atención, cuando saludábamos en casa o en la calle.
Un bostezo, palabras que no venían al caso, perder erguida posición y otras faltas, eran tratadas con una mirada del maestro que nos dejaba fríos, o... con la apelación de un garrote.
Sí... en sitio visible de todos conocido dormía sus no siempre largas siestas, una vara de tres palmos y media pulgadas de ancho. Amarilloso su color recordaba la vera, pero felizmente no tan resistente. De Hamburgo seguro estoy no fue importada, ni sus características registradas en el cuaderno de "Straffanweisung" del Tercer Reich. Era muy criolla.
Nos llamaba la atención que Herr Schwarz tenía reservado a los varones no más esa disciplinaria medida. Jamás niña alguna, por tremenda que fuera, probó las "delicias"de ladureza de aquel garrote. Para ellas estaba como consagrado un derecho de impunidad inapelable, que les garantizaba la condición de intocables. ¡Injusticias con el "sexo fuerte"
* Después de todo, con buena razones, buscan igualación entre el hombre y la mujer. El no tiene por qué estar en segundo plano.
El procedimiento disciplinario constaba de varias fases. La primera, la mirada del maestro y el silencio paralizante que corría en el salón. Desde que pronunciaba el nombre del alumno pillado "in fraganti" hasta que se sabía la siguiente decisión. ¡Ah! Aquella pausa larga que parecía no terminar nunca.
Si el maestro volvía a la explicación todo seguía normal, bajaba el susto y el color al rostro. Sólo el sudor continuaba corriendo a chorros como en todos cuantos habitan en el Puerto. Si al contrario, el maestro tomaba el camino que ofrecía la segunda alternativa, entonces dirigiéndose al convicto le pedía que pasara adelante acercándose hasta él, trayendo de pasada la vara de la justicia y del suplicio. Un día desapareció, pero fue reemplazada por otra mejor al poco tiempo.
Ante lo inminente algunos remoloneaban en un que sí y que no, cual perro casero sorprendido en travesura, temiendo acercarse al dueño. Inútil coqueteo disuasivo a fuerza de gracias y carantoñas, tan fuera de momento como otras zalameras actuaciones, que no conseguían convertir en sonrisa la mirada de castigo.
Otros -los menos- eran valientes y pasaban al suplicio taconeando firme, apretando... lias mandíbulas! Entregaba la vara y frente a todos, en preventiva posición lateral, se inclinaba doblando bien el torso exponiendo ambas posaderas. En ellas Herr Schwarz dejaba caer uno o dos secos azotes, según a su juicio mereciera la falta cometida.
Lo que más dolía y mucho más que los azotes, era la humillación y el ridículo. Especialmente molestas aquellas risas de las siempre impunes intocables "Mariposas"
Narrando los hechos en casa se sorprendían del procedimiento, preguntándose si era alguna modalidad tomada de Esparta por los educadores del Tercer Reich, y templar así el carácter de futuros soldados. Haciendo análisis retrospectivo de las propias experiencias, parientes educados en Hamburgo, no recordaban en su época tan inquisitorial procedimiento.
Herr Schwarz tal vez lo había tomado de alguna Escuela Zen, convencido que el dolor aplicado "en frío", en dosis secas calculadas y sin animosa vehemencia, es excelente acondicionador -o desacondicionador- de conducta; y a tal fin lo aplicaba a su saber y entender cuando le parecía oportuno. Generalmente casos en los cuales la advertencia hecha una sola vez no bastaba para lograr en el educando los deseados objetivos.
En horas de la tarde, después de las tres y media, cuando el sol comenzaba a reducir la inclemencia de sus rayos, el campo deportivo lo ofrecía el Club Unión. La Educación Física tenía en la escuela lugar de privilegio. Todo alumno tenía que lograr sus mejores marcas en las distintas destrezas favoritas.
En "Fila India" íbamos los alumnos de la Calle del Comercio, siguiendo el callejón llamado Calle.Heres, hasta la Calle Municipio. Allí en frente, al salir no más se veía el largo y gris paredón.
Pasada la pausa, al golpe de dos recias palmadas formábamos para hacer ejercicios de marcha, lo que más tarde supe se llamaba "Orden Cerrado" en la Escuela de Grumetes. Las voces de mando eran las mismas que en buena tradición, por generaciones y generaciones fueron usadas por los ejércitos prusianos. Las mismas que bien oídas y seguidas llevaron a las tropas del Kaiser a la gloria o la derrota.
-"Reeeeeech.......Um!"
-"üiüiinks......Um".
-"Abtéilung.......Maaarsch!"
-"Abteilung.......Haaaalt!......"
A la derecha, la izquierda, de frente marchen, ¡Alto! Una y otra vez hasta saberlas hacer perfectamente. En este caso, las niñas estaban complacidas marchando igual que los varones. No había disposición alguna que la hiciera sentir mal por excepción de privilegio.
Parte de esta práctica de Orden Cerrado era la carrera, todos debíamos correr dando vueltas a la cancha hasta que nos doliera el hígado y se nos encogiera el bazo. Esa la señal del punto de llegada.
Cronómetro en mano Herr Schwarz o su improvisado auxiliar Herr Wiegend, fungiendo de asistente deportivo o tramoyista del infantil teatro, medía cómo cada día iba en progreso cada alumno.
Seguían juegos de grupo y competencias diversas, muchas tan interesantes que adiestraban en el buen espíritu deportivo y la sana competencia.
Con brisa de manglares en la serenidad mansa del atardecer porteño. ¡Qué grato regreso a casa! Cansados de la faena bien cumplida a contemplar el crepúsculo con el sol ardiente. La espléndida bahía de azules infinitos, en cuyo seno como inmensa bóveda, más allá del tiempo y del espacio, en la eternidad sin noche y día a día por los siglos de los siglos, nos parecía que navegaba el Puerto. |