Cap. 44- El Dr. Rísquez

Descipción de este artículo: La Plaza Bolívar era sitio de social encuentro, especialmente en días y horas cu ando el Maestro Pedro Elias Gutiérrez, con la Banda Municipal, dejaba oír aquella "Retreta" con aspiraciones de concierto al aire libre

Don Pancho, en el cuidado de su vista, cumplía regulares visitas al consultorio del conocido Dr. Rhode. Con el también famoso Dr. Núñez Isava ambos llenaron toda un época de la oftalmología venezolana. El viaje a Caracas partía de la Estación Ferroviaria de Puerto Cabello a las 7 de la mañana, para terminar a las 8 de la noche en la estación final de Caño Amarillo. Entre brumas y niebla fría, pacientes esperaban los cocheros. El hospedaje... la casa de un familiar o un amigo. Los hoteles y pensiones eran de poco fiar. Instalado se pasaba varios días para "aclimatarse". Luego venían los exámenes y el tratamiento inicial, aprovechando el tiempo restante para visitas, disfrutando si se podía unas gratas vacaciones. En la época se prefería llamarlas 'Temperamento". Se iba a tal o cual parte, pues, a 'Temperar".

Caracas tenía sus encantos desde que el Ilustre Americano plasmó en ella aires parisinos. Desde cualquier extremo a la esquina de la Torre o de Las Monjes, nos llevaban los tranvías. Una visita a la Catedral cuando el incienso subía al cielo y los canónigos a coro cantaban el Oficio, era un alimento al espíritu que no podía perderse.

La Plaza Bolívar era sitio de social encuentro, especialmente en días y horas cu ando el Maestro Pedro Elias Gutiérrez, con la Banda Municipal, dejaba oír aquella "Retreta" con aspiraciones de concierto al aire libre.

Contorneaban la Plaza lugares gratos; al Noreste el bar Bolívar, que en realidad más que bar era lo que hoy conocemos con el nombre de cafetería.

En la esquina de Principal la Cervecería Donzella, centro de la vida comercial y política caraqueña. Al Oeste, la fuente de soda Rialto, que competía con Río y Tricas, otras dos situadas de Torre a Madrices. De Gradillas al Sur, camino a Sociedad, estaba otro salón de reuniones muy famoso: La India.

Si esto no bastara al visitante, a una cuadra en dirección a San Jacinto, estaba el Mercado Municipal. El por sí solo valdría no para una estampa, sino para todo un álbum de costumbres. Recordamos su "Playa" con cuanto en ella se exhibía, desde flores de Galipán y pájaros raros, pasando por "sacamuelas" que con un látex misterioso extraían sin dolor la pieza dañada a la vista perpleja del público, hasta las vituayas del diario sustento. ¡Qué no había en la Playa del Mercado!

Don Pancho en Caracas se hospedaba donde sus parientes Muñoz-Tébar, en la esquina de Monroy. No obstante lo menudo de su figura, su aspecto era distinguido. Vestía de paño oscuro, como era de tono al llegar a Caracas. Con bastón en mano caminaba con la limitación propia de quien parece no tiene buena vista. Ante sus ojos los anteojos y, completando su aspecto venerable, bigote amplio y barba blanca, que le daban un parecido notable con el famoso Dr. Francisco Antonio Rísquez.

Diez déla mañanaen la Plaza Bolívar undía cualquiera en la semana. Bajo la estatua del Libertador no había quien no pasara. El Congreso y la Universidad cerca; la Gobernación, Ayuntamiento, la Cancillería, la Catedral, el Mercado y, no muy lejos, el Banco de Venezuela. La Plaza Bolívar era pues sitio obligado. Quien quisiera encontrar a alguien no tenía más que alquilar una silla y sentarse bajo ios árboles hasta verlo pasar.

Cuentan que don Pancho pasaba por la plaza cuando una grata voz femenina se dirigió a él llamándolo presurosa:

-"Doctor Rísquez, doctor Rísquez".

Entre confuso y atento se detuvo, tratando de ver con claridad quién lo llamaba, y creyendo conocerla le responde:

-¿Cómo estás Josefina, cómo están por tu casa? Estupefacta y confusa la aludida le contesta: -Es que yo no soy Josefina.

Y don Pancho sin esperar le contesta:

-Ah... bueno., es que casualmente yo tampoco soy el doctor Rísquez. Y cada quien siguió su camino terminado el encuentro.



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