Cap. 44 - Rafael Hernández Carabaño

Descipción de este artículo: En este cascarón de piedras y argamasas que forman un círculo inmenso donde la voracidad impaciente de los rufianes ahogan los anhelos y las irritantes desigualdades vomitan su odio con-génito, las quejas surgen profundas para tremolar sus angustias en las voces airadas

En este cascarón de piedras y argamasas que forman un círculo inmenso donde la voracidad impaciente de los rufianes ahogan los anhelos y las irritantes desigualdades vomitan su odio con-génito, las quejas surgen profundas para tremolar sus angustias en las voces airadas.

En el calabozo NQ16 del Castillo de Puerto Cabello permanecieron encerrados muchos años los generales Elbano Mibelli, Peñaloza, Manuel Urbi-na, Alcides Lozada, Rafael María Carabaño, juntos con Rafael Viloria, Manuel Torrealba, Edmundo Urdaneta, Alejandro Trujillo y Francisco Manuel Mármol.

Juan Vicente Gómez había girado instrucciones a Paulino Camero para que ejerciera vigilancia especial sobre este grupo de presos, acusados de conspiradores con vinculaciones bélicas y acciones consideradas por el tirano como perturbadoras de la paz nacional.

Camero no perdía oportunidad para vejar a los enemigos de Gómez, sometiéndoles a crueles humillaciones propias de la edad media, entre ellas, dejar los cadáveres de los presos que habían fallecido, aherrojados con los grillos a un compañero por dos o tres días, hasta que el cuerpo entraba en proceso de putrefacción.

Los carceleros recibieron instrucciones de someter a torturas al general Carabaño, sospechando i que este pundonoroso militar tenía nexos con celulas políticas movilizadas con planes conspirati-vos en la zona del Caribe. Trasladado a un sitio solitario en los "hornabeques", lo sometieron a la infamante tortura del tortol, en medio de la algara-1 bía provocada por tres soldados tocando la "Juana Bautista", para ahogar los gritos de dolor al sentir el prisionero el desgarramiento de la carne por la filosa acción del cordel. Moribundo, con los testículos sangrando, Carabaño conducido nuevamente al calabozo 16, por cuatro cabos de presos, fue dejado en un rincón donde sus compañeros de infortunio trataron de aliviar su dolor. Por falta de recursos médicos, las lesiones fueron agravándose con fiebre alta y vómitos, unida al proceso posterior de gangrenamiento de la parte afectada que había sido ya atacada por gusanos.

Sobre estas ruinas y despojos, que los déspotas amalgamaron para el sometimiento de las ideas, no es raro encontrar manos amigas cuando las penas se acentúan y requieren alivios.

El doctor Alejandro Trujillo, profesional de la medicina, trató de auxiliar al compañero moribundo con los escasos instrumentos que los presos conservaban clandestinamente:

tijera, navaja y pedazos de liencillo limpio. Con alto espíritu humanístico desalojó los gusanos y roció la herida con el zumo de un limón proporcionado por un preso del calabozo vecino, procediendo luego a cortar los tejidos dañados. Gritos apocalípticos sacudieron los muros para insensibilizar a las piedras. Gritos apocalípticos difundidos en los calabozos para el anuncio de la muerte. Después manos amigas, camaradas de infortunio, amasaron sus sangres para tributarle su postrer adiós al ilustre soldado fallecido.

Nada pudo hacerse para salvar la vida al General Rafael María Carabaño. Su cadáver lo sepultaron en el Cementerio de Campo Alegre y después de la muerte de Gómez, los restos fueron exhumados junto con la de otras víctimas de la tiranía que azotó a Venezuela durante tres décadas.



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