A través de todos los tiempos, las supersticiones han dominado diversos sectores de la sociedad, sin importarles raza, religión, nivel intelectual, político, económico o social. Las supercherías donde se involucran a personajes fallecidos, ánimas en pena, fantasmas y almas solitarias, amalgamados al fenómeno milagrero, han motivado esta desesperación del género humano por lograr con su fe o ignorancia, posibles beneficios en el campo espiritual para la solución de sus problemas familiares, salud, dinero, políticos o amorosos.
Esas plegarias al más allá pueden ser dirigidas a María Lionza, al Negro Miguel, al Anima de la Yaguara o la de Julián Ibarra. . . ¿Qué más da? Tal vez en ellas igualmente rumbeen, las de Zuazola, Boves y Antoñanzas. Las manifestaciones de grupos marcan un ritmo entre religioso y pagano. Así se ha observado en los alrededores del Fortín Solano.
Diversas leyendas se han tejido durante más de dos siglos, sobre apariciones de fantasmas y ánimas en pena, por el viejo camino de San Esteban. El Vigía, en lo alto de la colineta que domina el paisaje, se involucró en esta fantasía popular.
El Fortín quedó solo, con sus recuerdos. Periódicamente las autoridades policiales subían para inspeccionar la zona. Existían evidencias de la presencia de vagos y mal entretenidos que se desplazaban en motocicletas de potentes cilindradas. En un día de aquellos, con la tarde calurosa de agosto, un Agente Policial observó raros ruidos en las paredes exteriores
del Fortín. Al investigar el caso, se encontró con una dama entrada en años, arrodillada frente al muro, practicando raros ademanes que le hicieron entrar en sospechas.
Era un caso raro y así lo informó a sus Superiores el representante del Orden Público: "la doña vestía, traje negro con turbante blanco sosteniéndole el largo pelo canoso. La encontró arrodillada ante una vela encendida, en un pequeño altar rezándole a una imagen con bigotes y anteojos oscuros, que después se identificó como una vieja fotografía de John Lennon, muerto trágicamente en Nueva York al ser atacado a balazos por un psicópata, admirador de los "Beatles".
Cuando la señora oraba, inclinaba la cabeza, casi tocando el suelo. El policía explicaba, que tenía un asambroso parecido con los beduinos frente a una mezquita, tal como él lo había visto en una película. Utilizaba ramas de mastranto rociadas presuntamente con agua bendita, para pegarle a los muros, mientras formulaba sus peticiones. Ella confesó que hacía esto, porque las ánimas en pena que "vagan por el viejo Fortín, eran milagrosas".
Al investigar este caso de superchería, brujería o hechicería, unida a la locura de sus actores, se encontró que esto se originaba desde hacía muchos años. Sectores de la población marginal y uno que otro de clase alta, jugaban a la suerte ensayando plegarias con los espíritus errantes aposentados en la centenaria muralla.
El conocido artista plástico Profesor Raúl Marcano, en su juventud prestó servicio militar en el Cuartel de El Vigía, bajo las órdenes de un Capitán de apellido Pabón. Marcano, con su constancia, disciplina, e inteligencia se había ganado el derecho de ascensos, hasta una posición de confianza en el Comando de la pequeña fortaleza. Se ligó estrechamente al movimiento logístico, manteniendo contacto con el personal de tropa. Se constituyó en amigo, confesor y consejero de aquellos soldados con problemas.
Conoció íntimamente el mundo interno en el cual giraban sus actividades, sobre todo, hombres procedentes de rincones rurales del país. En esa época no existían problemas de drogas, pero sí de bebidas alcohólicas. Un soldado guajiro de nombre Diego Tolonay, se apegó tanto al vicio de la "caña", que sin temor a ser castigado, al regresar a su servicio después del uso del permiso reglamentario, traía escondidas varias botellas de aguardiente conocidas como "carteritas", las cuales guardaba celosamente en un tupido matorral cercano. Así lo confesó al ser interrogado por el Sargento Mayor Raúl Marcano, cuando sin rubor aclaró el problema de su crónica embriaguez.
Tolonay fue dado de baja previo el expediente respectivo motivado a su conducta irregular, indisciplina e imposibilidad de regenerarse. Ocho días después de cumplirse esta disposición, la policía local encontró en la esquina de La Alcantarilla el cadáver de un hombre famélico con rasgos mongólicos, que al ser identificado resultó Diego Tolonay ex soldado de las Fuerzas Armadas Nacionales.
Raúl Marcano recuerda que al conocerse la noticia en el Cuartel del Vigía, sus antiguos compañeros sintieron pena por su muerte y en la voz y sentimientos puros de los que compartieron alojamiento y horas amargas en el Cerro de Leyendas, tal vez surgió alguna oración. Ninguno quiso ocupar el "camastrote" del guajiro y así permaneció vacío por largo tiempo, hasta que en horas nocturnas comenzaron a sentirse ruidos raros: golpes, sollozos y movimiento de los rústicos muebles en la habitación dormitorio.
Es el ánima de Tolonay aseguraban llenos de pánico los soldados. Su alma está en pena vagando por el purgatorio. Algo quiere con nosotros dijo un negro barloventeño que creía en difuntos aparecidos. Para calmar la situación, el Sargento Marcano salomónicamente sugirió sacar del lugar la célebre cama, quemarla para auyentar a espíritus malignos y encender dos velones precedidos del Padre Nuestro y el Ave María en la parte donde el soldado Diego mantenía aquel mueble. Así se hizo y el hechizo desapareció. |