
Escala de 1200 toesas, 31 grados 13 minutos, Meridiano de la Isla del Hierro
10 grados 15 minutos, Latitud Septentrional.
Descripción del plano adjunto
(hacer click en la imagen para ver su tamaño completo.
1.- El Castillo, fuerte
2.- Astillero y talleres
3.- Almacenes
4.- Arsenal
5.- Polígono
6.- Baterías a flor de agua
7.- Arenales del lado del mar
8.- Arenales del lado de los pantanos
9.- Rocas
10.-Entrada al puerto
11.-Puerto
12.-Carenero
13.-Pasaje
14.-Pantano al Este
15.-Polvorín
16.-La ciudad del Puerto, Isla
17.-La Iglesia
18.-El hospital de la Marina
19.-Cuartel de las Milicias
20.- Puerta del Puerto, hacia la ciudad campestre
21.-Fortificaciones, Sur-Este
22.- Fortificaciones, Oeste
23.- La ciudad campestre del Puerto
24.-La plaza
25.- Juego de pelota
26.- Matadero
27.-Vía hacia Caracas
28.- La rada
29.- Desembocadura del río
30.- Canal formado por el río
31.-Codo donde llega la madera
32.- Camino del Puerto a Paseo Real
33.- Lugar donde se vende al agua
34.- Conducto que
suministra agua a la ciudad
35.- Camino que lleva al Primer fuerte
36.- Primer fuerte
37.- Camino del primer fuerte al reducto
38.-Camino al segundo fuerte
39.- Reducto
40.- Segundo fuerte
41.-Camino al tercer fuerte
42.- Tercer fuerte
43.- Camino que va a los morros
44.-Camino de las salinas, al Oeste
45.- El río
46.- Paseo Real, población
47.- Camino de Goiguas y Valencia
48.- Camino que va hacia el interior
49.- Pantano en el lado Oeste
50.- Valle y bosques del Oeste
51.-Rocas, bosque y morros
52.- Foneadero XXX Arrecifes
DEDICATORIA
Al Señor Portal, Consejero de Estado, Encargado de la Dirección Superior de la Administración de las Colonias.
Señor Consejero de Estado
Un antiguo sargento mayor del Regimiento de la Guadalupe, emigrado con sus jefes en el buque del Rey La Ferme, en 1793, tiene el honor de rogarle aceptar la dedicatoria de una memoria titulada
DESCRIPCIÓN TOPOGRÁFICA DE PUERTO CABELLO CIUDAD MARÍTIMA DE LA AMERICA ESPAÑOLA
Si Usted se dignase, Señor Consejero de Estado, posar la mirada sobre esta obra, reconocería que no es indigna de su atención.
Acepte el profundo respeto,
Señor Consejero de Estado,
de su humilde y fiel servidor (fdo.) DeGisors
Dar el plano de un país, de sus fortificaciones, de las aguas que lo rodean, de los mares que lo bañan, con nociones resumidas pero verídicas acerca de su suelo, sus productos, su comercio, etc. apoyándose únicamente en el recuerdo, podría parecer a algunos una empresa arriesgada, en la cual no debería fundamentarse certeza alguna.
Sin embargo no piensan así los viajeros ni las personas cultas, pues no ignoran que la memoria es un don de la naturaleza, como lo son las otras facultades intelectuales. Tampoco ignoran que una persona observadora, que haya permanecido algún tiempo en el mismo lugar y que posea buena memoria, difícilmente se equivoca. Y si este observador ha reflexionado cuidadosamente, puede ser casi tan exacto como el que hace la descripción de un lugar en el mismo sitio, donde a menudo la multitud de objetos que rápidamente pasan ante su vista confunden su imaginación, empañando la claridad, la precisión de sus ideas y volviendo obscuros o dudosos los hechos más interesantes, los más auténticos, pues son expresados a través del grado de placer, de sorpresa, o de temor que se siente.
Deseando en lo posible contribuir al conocimiento y al lustre del país, el autor hace un llamado al testimonio de los marineros franceses que han fondeado en este Puerto de Tierra Firme(a>, Provincia de Venezuela, como el único medio de comprobar que no se ha apartado de la verdad en ninguno de los detalles que se pueden apreciar en la siguiente descripción. (1)
Puerto Cabello (b) se yergue sobre una playa arenosa, árida, erizada de rocas. (2> En época de sequía, el brillante color de su suelo blanquecino fatiga penosamente la vista. Desde las diez de la mañana hasta las cuatro de la tarde el calor es sofocante, tanto más insoportable porque un sol abrasador se refleja sobre la arena fina, penetrante. Ninguna planta, ningún árbol, ningún manantial, ninguna corriente de aire mitiga el bochornoso calor. Ni siquiera los vientos del Este que soplan con regularidad aunque levemente durante siete u ocho meses, logran refrescar el aire. En época de lluvia la superficie está cubierta de densos vapores, insalubres y pestilentes, exhalados por los pantanos que rodean la población por el Este y por el Oeste. Algunos morros (3) bastante elevados la protegen al Sur.
Por el Norte, la ciudad está defendida por una punta de rocas y de arena, en la cual se levanta, construido en forma casi ovalada, un fuerte con muralla y foso llamado El Castillo. (4) Este tiene veinte casamatas, cinco sobre cada lado interior, algunas de las cuales se comunican: una, al Noreste, sirve de polvorín, la del centro como Capilla, y otra como pasaje al puente levadizo situado frente al Puerto; el resto está ocupado por el Hospital militar, la Guarnición y la chusma de galeotes. Hay que agregar además las cuatro baterías de morteros, colocadas N-E, N-O, S-E y S-O, con dos cisternas, una más abajo de la Capilla y la otra bajo el Hospital, hacia el Oeste.
La fortaleza se eleva de 35 a 40 pies sobre el nivel del mar. Está equipada con 40 cañones de diferente calibre y con 6 morteros, todos de bronce; en el centro hay una plaza hecha de mosaicos alargados, que tiene capacidad para 1.200 hombres armados; al Norte, entre la Capilla y la muralla, se levanta un Caballero de trinchera sobre el
cual hay una batería al descubierto de 4 cañones calibre 24 y de dos morteros, cuyos tiros llegan hasta el mar y defienden la rada.
La construcción del fuerte es tal, que podría resistir con ventaja por todos los lados, si sus cimientos no hubiesen sido echados en un inadecuado fondo de roca y de arena, lo cual obliga a hacer reparaciones diarias, costosas, imposibles de prever. No se hacen salvas, ni ejercicios con fuego de cañón sin que ocasionen daños, y deben abstenerse totalmente del uso de morteros. Las plataformas que cubren las casamatas son mantenidas escrupulosamente limpias, perfectamente conservadas; rodean la ciudadela, se unen con el puente levadizo, y en la estación lluviosa suministran agua a las cisternas para las necesidades de la fortaleza: se sube a ellas por medio de una suave pendiente que se encuentra en cada ángulo de la plaza de armas, cerca de las baterías de los morteros.
Contiguas al Castillo, en el lado Este-Noreste unas rocas agudas, cortantes, bañadas por el mar, se prolongan hasta los bancos de arena, sumamente peligrosos, que bordean la costa y cierran la zona del puerto. Sobre las rocas y los bancos está ubicado el polígono. En el año de 1788 se construyó, en el punto más elevado de los arrecifes, una batería a nivel del agua, compuesta de tres cañones de hierro calibre 24, que tienen la ventaja de enviar el tiro mar adentro 300 toesas (5) más lejos que el cañón del fuerte. Es quizás la mejor defensa de la plaza, junto con un reducto situado sobre una roca escarpada al S-O, entre el Puerto y el Paseo Real,(6) en forma tal que domina el camino principal del cual hablaremos más adelante.
La rada está completamente al descubierto y continuamente batida por olas encrespadas. No está defendida sino por el lado del fuerte. Es una bahía de gran dimensión rodeada de rocas y de arena, que se extiende al Oeste hacia las Salinas, pequeña aldea al borde del mar legua y media de la ciudad. (c) Su fondeadero es bastante bueno, menos durante la estación lluviosa, a la cual llaman invierno, tan perjudicial aunque más tardía en esta región que en las Antillas. Hay numerosos escollos a sotavento del Puerto que se prolongan hasta la desembocadura del río Tocuyo. La fragata Bourgogne se perdió al naufragar sobre uno de ellos, durante la guerra contra Inglaterra en el año 1778.
Los vientos del Este que soplan durante dos tercios del año, hacen el trayecto penoso y largo para los navios que se dirigen a las islas del Viento. Algunas veces son necesarios 15 días para llegar por mar del Puerto a la Guayra, que dista solamente 32 leguas, y hasta un mes y más para la isla de Trinidad, La Española, etc.
Al Este de la ciudad hay un puerto espacioso y seguro en el cual se comenzaron importantes trabajos que se van perdiendo por falta de mantenimiento. En el actual estado, puede resguardar 40 barcos de guerra y una considerable flota mercante. Rodeado completamente de pantanos y de aguas estancadas, se considera un lugar malsano que ocasiona a los marineros que permanecen allí largo tiempo enfermedades crónicas, de las que no se recuperan jamás si no cambian de clima tan pronto llegan a la convalecencia, pues las recaídas son mortales(d)
Su entrada por el Oeste tiene de 8 a 10 brazas de profundidad y 12 toesas de ancho, y separa el Puerto de la punta de roca donde está situado el Castillo; el muelle del lado de la ciudad tiene casi 300 toesas de largo, el que lleva a la Ciudadela tiene 600 aproximadamente. De Norte a Sur, el puerto nuevo tiene en la parte más ancha cerca de 300 toesas, y de Este a Oeste 200, no estando comprendido el lado donde se encuentra la carena que hace frente a la entrada. Veinte barcos de guerra pueden sin dificultad guarecerse cerca de los muelles de uno y otro lado, y la dársena, que acertadamente podría llamarse un callejón sin salida si estuviera terminada, ofrece un emplazamiento mucho más vasto. Esto es fácil de apreciar recorriendo con la mirada los trabajos empezados para construir el conjunto de muelles que la rodearán(e)
Sobre las explanadas del Castillo, a lo largo de la entrada del puerto, se ven los diversos astilleros y talleres destinados a la reparación provisional de los barcos de guerra y otros; más lejos, hacia el Este, está el carenero.
Detrás del puerto, al Este y Sureste, se extienden unos pantanos cenagosos, infectos y poca profundos hasta el fondo de la playa, en la orilla de la cual hay un aislado polvorín. Para llevar y traer de allí la pólvora necesaria es preciso aprovechar la marea alta.
La parte de la ciudad llamada el Puerto es una pequeña isla, lugar de residencia del Gobernador, del Estado Mayor de la plaza, de las autoridades civiles y de las varias administraciones de la Marina de Guerra.(7> Se ve bastante bien construida, en parte pavimentada, cubierta con tejas del país, pero sin edificios altos ni notables. Está fortificada por el Este, provista de cañones cuyos disparos pueden llegar hasta la rada y la desembocadura del río.
Al Sur, todas las troneras están colocadas en dirección de la ciudad, lo que nos hace pensar que las fortificaciones de ese lado fueron construidas anteriormente para precaverse de las incursiones de los indígenas después de que los españoles hubieron conquistado el país; en general, demuestran vetustez, y están en muy mal estado.
Del lado Este se ven los cuarteles donde se alojan los auxiliares que prestan servicio en el Puerto; estas habitaciones son muy insalubres, pues están en medio de pantanos y manglares. Sobre la muralla, hacia el Oeste y a la izquierda de la Iglesia, en 1794 se construyó para los enfermos de la Marina un amplio hospital de tosca madera, cuyos tabiques interiores y exteriores están hechos con corteza de cocoteros. Dicho edificio fue levantado provisionalmente, su liviandad y poca solidez lo demuestran. Antes, la Marina tenía su hospital en el cuartel de las Milicias.
La Iglesia parroquial está en el Puerto, cerca de la muralla Oeste. Aparte de ésta y de la capilla del Castillo, no se encuentra otra por más de cinco leguas a la redonda. Es pequeña, baja, pero magníficamente decorada y muy rica. Ocupa a 45 ó 50 eclesiásticos, y dependen del Obispo de Santiago de León de Caracas, donde reside el Jefe de la Inquisición (f); en Puerto Cabello, el deán de los sacerdotes es el que cumple esa función.
Queda por describir el lado Sur de la ciudad. Esta parte está separada de la isla del Puerto por un foso pantanoso, poco profundo, cenagoso, de 9 a 10 toesas de ancho, sobre el cual se ha construido un escuálido puente de madera para los peatones y una especie de pasadizo para los caballos, muías, bueyes, asnos, etc. Este último no atraviesa el pantano frente a la entrada del puerto como lo hace el puente, sino que cruza a la derecha, rodea la muralla por fuera apoyándose en ella y sigue por la parte del puente donde la defensa se acerca más al otro borde, para allí sujetarse. Dicho pasadizo necesita reparaciones muy a menudo, a causa del oleaje de la rada por el cual está continuamente batido, y que lo va socavando sin cesar. Hay un espacio de aproximadamente 30 pies entre el dique y el puente.
La ciudad propiamente dicha no es sino un suburbio, en el que no hay ni fosos ni murallas. A pesar de que las calles están alineadas y convergen en una plaza cuadrada ubicada casi en el centro, las casas son poca cosa, y el conjunto de edificaciones es bastante triste. No se puede citar nada notable, a no ser la rudeza del quemante suelo, estéril y arenoso. Las viviendas están construidas con tierra gruesa que se comprime en el mismo sitio en moldes hechos expresamente, y que el sol seca; a continuación las blanquean por dentro y por fuera con cal. Todas son bajas, obscuras, con piso de tierra; la mayoría de las habitaciones, mal distribuidas, tienen huecos informes en vez de ventanas, con el objeto de defenderse -dicen sus habitantes- del insoportable calor que reverbera de su ardiente suelo, y para precaverse del polvo. La calle principal, que va del Puerto a la plaza, es la única donde hay casas mejores, casi siempre de una planta, muy raramente de dos. Allí está ubicado el escaso comercio.
El resto de la ciudad es casi inhabitable, pues a causa de las arenas movedizas todas las calles están obstruidas, y uno se hunde hasta media pierna. Allí viven sólo los naturales del país, que no hacen nada, no piensan absolutamente en nada sino en beber, comer, dormir, y se sienten perfectamente felices de vivir alimentándose con la raíz de la yuca reducida a galleta de casabe; con carne salada llamada tasajo, con algunas bananas, con aguardiente de mala calidad y con agua donde se ha puesto a fermentar azúcar sin refinar y pedazos de caña.(9)
En las afueras de la ciudad hacia el Este, se halla un recinto descubierto apropiado para un juego de pelota muy entretenido y cerca de la plaza, hacia el Oeste, hay un circo con gradas para las peleas de gallos.
Puerto Cabello tiene una población de 3.500 a 4.000 habitantes (sin contar las escuadras ni la guarnición) de los cuales 2.000 son indígenas, 1.000 europeos, y 1.000 mulatos o negros, libres o esclavos, provenientes de las Antillas. (8) La ciudad es gobernada por un Coronel que tiene a su cargo la vigilancia general del lugar y de sus alrededores. Su Consejo está formado por un Jefe de Batallón, quien lo secunda, un Ayudante-Mayor de la plaza fuerte, un Comisario-Escribano en la oficina de guerra; hay también un Capitán y un Teniente de Artillería, dos Capitanes y dos Lugartenientes, sin contar los oficiales de las milicias quienes son de igual número.
La guarnición, en tiempo de guerra, consta de 250 soldados quienes pertenecen al Regimiento de Veteranos de Caracas, de 80 artilleros, de 300 hombres de la milicia y de 100 alabarderos. Los dos últimos cuerpos están constituidos por indígenas.
En este Castillo están acuartelados los Veteranos y los artilleros que allí prestan servicio; la Milicia está encargada de la parte de la ciudad que llaman el Puerto, con excepción del acceso al puente que comunica con la parte Sur de la ciudad, cuya guardia está reservada a los españoles.
,K; La administración civil de la Marina se compone de un subteniente, un subinspector, un Comisario, algunos oficiales del puerto y dos subcomisarios, uno para los diferentes talleres y almacenes del puerto, el otro para el hospital de la Marina y para el presidio; hay además algunos empleados en la contabilidad de las varias dependencias del puerto.
El presidio está compuesto por unos 180 a 200 forzados de la Provincia, quienes trabajan en los depósitos, talleres y en diferentes actividades del puerto y de las fortificaciones. Ocupan ellos solos dos casamatas, del lado sur-oeste del Castillo.
La Tesorería tiene su administración particular, debido a los ingresos de oro y plata en lingotes o acuñados, provenientes del interior del país. En ella prestan servicio de 10 a 12 empleados. ^H^E^ylf ^j .fe
Un Alcalde, un Síndico, dos hombres de leyes y tres ujieres integran la justicia civil; las causas graves son llevadas directamente al gran Consejo de la Audiencia de Caracas.
La Aduana tiene una administración más compleja, poderes especiales y un Tribunal propio, compuesto por los principales Oficiales de esta dirección. La llegada y la salida de toda clase de mercancía paga impuestos al Estado, sobre todo el oro y la plata.
Las numerosas medidas por impedir el contrabando cuestan sumas enormes; no obstante, el Gobierno Español no ha podido hasta ahora alcaqzar el objetivo que se ha propuesto de reprimirlo, pues los mismos Guardacostas y sus empleados lo hacen en su provecho, o lo favorecen. Sin embargo, el más poderoso estímulo que incita a todo el mundo a practicar ese tráfico, es el beneficio palpable y neto que los contrabandistas perciben, por la facilidad para embarcar y desembarcar impunemente a lo largo de toda la costa, a pesar de los Guardas Reales que la recorren sin cesar en todas partes. Además, las Antillas que forman un semicírculo frente a la Provincia abren un desembocadero seguro a esta región, por naturaleza productiva, para dar salida al ganado y a otras mercancías. (9) Los Religiosos y los Oficiales Superiores son los únicos que están exentos de pasar la acostumbrada revisión en la Aduana.
Tanto en el Puerto como en la ciudad se carece de agua dulce. Es necesario irla a buscar diariamente al río, cerca de Paseo Real, aldea que dista una legua y media por un camino difícil y arenoso, aunque plano. El transporte del agua es el único oficio que se le conoce a los indígenas más activos de este país. Salen temprano en numerosos grupos, llevan uno o varios asnos cargados con dos barriles cada uno, hacen tres o cuatro viajes a la ciudad donde venden el agua; viven felices del producto de ese comercio y el resto del día reposan, juegan o se embriagan.
Todavía hoy día pueden verse, de trecho en trecho, unos depósitos muy bien construidos con ladrillos, pero deteriorados por la acción del tiempo y la falta de mantenimiento, los cuales anteriormente almacenaban el agua que un canal de tres leguas conducía a la ciudad. Dicho canal existe aún a lo largo de la costa viniendo desde el Sur, y no está dañado, sino en algunos sitios: sería fácil repararlo con poco gasto.(10)
No se logra explicar el por qué del descuido del Gobierno Español al respecto. Se conjetura que, siendo el transporte del agua el único medio de subsistencia de los indígenas pobres, el Gobernador de Puerto Cabello, Don Antonio Guillelmi, dejó que el canal se deteriorara, en 1789 (11); después ha sido totalmente abandonado, como también los depósitos. Pero creo que debe haber otra causa, pues la anterior no parece valedera debjdo a que, si así hubiese sido, los habitantes de la ciudad y los comerciantes se habrían opuesto. Tampoco es probable que el agua que llegaba a través del canal fuese considerada insana, puesto que es la misma de Paseo Real.(12)
El matadero está fuera de la ciudad, cerca de los pantanos, en la playa que se extiende hasta el pie de los morros. Allí es donde se comienza a percibir la vegetación. Se encuentran algunas acacias, aromos y otras plantas que salen de entre la arena desafiando, parece, la aridez del suelo.(13)
[ Los promontorios que se elevan en la playa hacia el Sur, están formados por capas de tierra blanca y roja, arcillosa y por masas de rocas cubiertas en parte de arbustos y hierbas, o bien desnudas, según sea la estación seca o húmeda.
Sobre estos promontorios se han construido tres fortines bastante alejados uno del otro, que se dominan recíprocamente debido a su distinta altura. Cada uno está defendido por una muralla con sólidas bases pero sin fosos, ni puente levadizo, ni cercas; alrededor apenas hay una débil barrera. Los caminos son tortuosos, escarpados y difíciles de encontrar.
El fortín más cercano a la ciudad es el menos elevado; dista de ella 600 toesas aproximadamente y está defendido por cuatro cañones de calibre 12, construidos con hierro y piedras. Tiene un polvorín, una cisterna y un gran almacén que, por un lado, sirve de garita a 4 ó 5 soldados.
El segundo y el tercero son absolutamente iguales al primero; tienen la misma disposición y la misma posición, pues los tres hacen frente al Norte, y están protegidos por los morros al Sur. La única diferencia consiste en su altura.
El fortín del centro, a 700 toesas del primero, no tiene sino un cañón de 6 y dos de 4, construidos con hierro y algunas piedras, y un cuerpo de guardia igual al del primero. El tercero no posee artillería, únicamente tiene un guardián de vigía, encargado de vigilar y señalar las naves que aparezcan a lo largo de la costa.
Este último fuerte se encuentra a más de 100 toesas sobre el nivel del mar. Visto desde la ciudad, no parece elevarse ni a la tercera parte de los morros que lo dominan; el viento es extremadamente intenso, y se puede descubrir una vela en el mar a más de 20 leguas. Desde ese lugar es fácil cerciorarse de la posición de la plaza, del puerto, de la Ciudadela; también de los otros fuertes, de la rada, de la costa, y observar todo el horizonte, del Este al Oeste.
Al seguir un sendero que se adentra en las montañas, a cinco cuartos de legua aproximadamente de dicho fuerte, el autor encontró un día a un anciano español, quien le invitó a refrescarse y a reposar en su cabana. ¡Cuál no sería su asombro al darse cuenta de que ese solitario, vestido, o mejor dicho casi desnudo a la usanza de los indios, era un europeo quien desde hacía siete años habitaba una miserable choza, adosada a una roca, hecha de juncos y de lianas trenzadas, en la que penetraba el viento por todos lados, y cuya única garantía de seguridad era una hilera de estacas, para defenderse de los tigres que merodean frecuentemente en esos yermos! Dormía en el suelo sobre una estera, por único mueble tenía un cofre carcomido, y sus pertenencias eran algunos vasos y vasijas hechos de barro, una provisión de frutas y legumbres, además de un hacha, cuchillos y un largo bastón con punta de hierro que siempre llevaba cuando salía.
No pudo el autor dejar de preguntarle por qué se privaba, en su aislamiento, de las comodidades que hubiese podido procurarse en la ciudad con bastante facilidad, como por ejemplo una cama o una hamaca.
El anciano le respondió con la calma y la serenidad de un sabio, que la desgracia lo había acostumbrado en una sola experiencia a soportar las más duras pruebas de este mundo, al perder en un naufragio a su esposa, tres jóvenes hijos y toda su fortuna. (14) Ese inesperado golpe lo había dejado insensible a todo lo que pudiese sucederle. Se había impuesto como norma vivir como los indígenas de los países no civilizados, con una sola diferencia: se abstenía de comer carne, y privarse de ella no le causaba ninguna pena, pues en cinco años se había adaptado. Explicó que, al sobrevivir a la pérdida de su familia, de sus bienes, negocios y créditos, huía de la sociedad de los hombres. Había rehusado toda ayuda del Gobernador Don Antonio Guillelmi, pues no tenía necesidad de nada.
Agregó que ahora disfrutaba de una inalterable paz interior; que las pasiones humanas y las contrariedades no perturbaban su estado de ánimo, y que por todo ello continuaría viviendo de esa manera hasta que al cielo le pluguiese disponer lo contrario; estaba tan sereno que aguardaba todos los acontecimientos sin deseo ni temor de ninguno. Por lo demás se sentía bien de salud, y en efecto, a los 72 años de edad, se veía muy vigoroso.
Este hombre era bien educado, tenía elocución fácil, ideas sanas y original estilo. Decía que era necesario callar,
o convenir con lo dicho por los demás, si se deseaba ser feliz y vivir en paz. He aquí una de sus máximas, traducida al francés y puesta en verso en forma de diálogo(15)
Dites-moi, sage Ermita, oü reside la paix, ^
En quel lieu reculé s'éléve son palais ^Q
Á quel signe certain je puis la reconnaftre; . - '
Daignez me definir sa nature, son étre?
Votre coeur est son temple, exprés je viens vers vous,
Pour puiser des lecons et tombe a vos genoux.
"La paix est un présent dont le del est avare.atóal
Jeune homme, dit l'Ermíte, íl faut étre bisare, "w
"ou se taire, ou repondré avec duplicité,
"caresser le mensonge, aussi la venté,
"Pour pouvoir étre heureux: ceci t'afflige, écoute:
"tel désire la paix, tel autre la redoute.
"Tu vois comme du del les globes lumineux
"Se retracent dans l'onde, y sillonnent leurs feux;
"La Mer du firmament, est le miroir fidéle,
"Qui, pour l'humanité, doit servir de modele.
"Veux-tu vivre id-bas dans un obscur rapos? "Medite la legón que je trace en deux mots: "Applaudis sans murmure au erreurs du vulgaíre; "Dis que le noir est blanc, s'il le faut, pour fui plaire, "Que tu ne peux souffrir l'amertume du miel, "Que ríen n'est comparable a la douceur du fiel: "Dissimule toujours, quand tu te crois utile, "C'est unique moyen de vivre heureux, tranquille.
"Mais si ton coeur trop pur n'est point adulateur, "si tu ne peux descendre a l'art d'étre imposteur, "si tu hais le mensonge et próne le contraire... "je n'aí plus a t'offrir qu'un conseil salutaire: "Va-t'en creuser la tombe et coudre ton linceuíl, Tu trouveras la paix dans la nuit du cercueíl"
Como este sabio y respetable anciano vivía únicamente de vegetales, el autor de esta obra le recitó la bella fábula española El joven filósofo y sus compañeros, que había traducido al francés.
Partiendo del fuerte más cercano a la playa y prosiguiendo en dirección Oeste, se encuentra un camino cubierto de maleza, con un descenso extremadamente empinado hacia el reducto antes citado en esta descripción por su posición estratégica. En efecto se halla escondido debajo de un escarpado morro, y está provisto de cisterna, polvorín, almacenes, cuerpo de guardia, aunque sin empalizadas. Lo mantienen guarnecido con seis cañones calibre 18, hechos de hierro y piedras, muy bien cuidados.
Asentado sobre una punta de roca en el codo del morro Sureste, a 50 pies aproximadamente del nivel del mar, domina el camino principal y el arenal, el cual mira en dirección a la rada, hacia el Norte. Vigila además la ciudad al Noreste, el río de Paseo Real y todo el valle al Oeste. Pero lo que le da la mayor ventaja, es el tiro de su artillería, el cual se cruza con el del Castillo, del que está a una distancia de apenas 1.100 toesas, y con el de las fortificaciones Oeste del Puerto.
El camino principal ha sido trazado a lo largo del morro hacia el Sur, del lado del río en el valle de Paseo Real, y atraviesa el antiguo canal que anteriormente surtía de agua a la ciudad. Aún hoy se ve a corta distancia, a los pies de este reducto, un depósito abandonado de forma abovedada, construido con ladrillos.(h)
El río, en su desembocadura, no llega a tener 20 toesas de ancho. Carece en absoluto de árboles y vegetación en ambas márgenes , forma una especie de canal entre la arena, de casi un cuarto de legua de largo de Este a Oeste, y vierte sus aguas al mar cerca de la ciudad. En ningún paraje es navegable.
Cerca de Paseo Real sus aguas fluyen sobre una arena fina, brillante, blanquecina; en sus márgenes se encuentran árboles que dan frutos, madera de hierro, palmas y otros prodigiosamente altos que proporcionan, aún en las horas más calurosas del medio día, una saludable frescura.
A la caída del sol se puede admirar un panorama tan hermoso y se respira tan fácilmente que los habitantes, especialmente los europeos, se acercan diariamente para disfrutar la frescura del ambiente sobre todo en la época de sequía, a pesar de lo áspero del camino arenoso aún abrasador, que separa este paseo de la ciudad.
Hay allí muchos jardines y muchísimas casas de campo sumamente agradables. Cuanto más se aleja uno de Puerto Cabello, avanzando hacia los morros, más la naturaleza se vuelve opulenta, animada, pintoresca.
En la época de lluvias y de huracanes, Paseo Real presenta un aspecto completamente distinto; se cubre de vapores dañinos que oprimen el pecho; una hora de tormenta es suficiente para que el río crezca y se desborde de 10 a 12 pies por encima de su cauce, y la corriente arrastre escombros de viviendas, restos de animales y de árboles gigantescos que frecuentemente lo obstruyen y lo fuerzan a desbordarse aún más.
Es entonces cuando al mezclarse con las aguas estancadas, insalubres de los pantanos cercanos a sus márgenes, el río despide hasta muy lejos miasmas pútridos que ocasionan esas enfermedades infecciosas habitualmente endémicas, que en la región de Puerto Cabello flagelan no solamente a los europeos, sino también a los indígenas.(19)
¡Infelices los habitantes que imprevisivamente fijan allí sus moradas durante esta estación asesina! Nada escapa a la impetuosidad de las aguas. Por un lado devasta en un instante jardines, huertos, todo lo que encuentra a su paso; por otro, y con la misma rapidez, esparce vapores pestilentes que brotan de las cloacas circunvecinas, causando enfermedades y muertes.
Pero después de la estación de las lluvias este río, parecido a aquél de Egipto (20), al retirar sus aguas deja sobre el terreno que ha devastado un abono limoso que lo fertiliza en una forma asombrosa, reparando, en menos de
dos meses, los estragos que la inundación produjo.
En esta Provincia la agricultura está aún en cierne. La abundancia que se disfruta proviene más de la fecundidad de la tierra que de los esfuerzos de los indígenas, demasiado indolentes para sacar provecho de tan extraordinaria ventaja. Son aún más enemigos del trabajo de lo que lo fueron sus conquistadores.
Si cultivan algún pedazo de terreno, que produce al máximo, es porque la molestia que esto les causa es leve y de corta duración, y también porque las ganancias que obtienen son muchas, al llevar sus cosechas a la ciudad para venderlas o cambiarlas por mercancías provenientes de Europa, tales como quincallería, instrumentos para arar la tierra, telas, utensilios, etc., todo lo cual se les ha hecho indispensable, desde que están bajo el dominio de los españoles.
Una innumerable cantidad de pequeñas plantaciones están ubicadas sin orden y por así decir, al azar, enclavadas sobre los promontorios, pero siempre en el terreno más apropiado para el cultivo.(21) Las plantaciones están lejos las unas de las otras; se llega a ellas por caminos montañosos, escarpados, cubiertos de malezas y espesas zarzas, que es necesario conocer perfectamente para no perderse.
Cuando esos campesinos vienen a la ciudad desde lejos, lo hacen siempre en grupos de 10 ó 12 por lo menos, armados con arcos y flechas para defenderse de los tigres que en esta región son muy feroces. Al terminar sus negocios en la ciudad, regresan de la misma manera.(22)
En los alrededores de Puerto Cabello hay muchas plantaciones de cacao, algunos ingenios, tres destilerías de aguardiente de caña, de ocho a diez cafetales de escasa producción, dos centros de añil, etc. Tanto las fábricas como las plantaciones pertenecen a los españoles quienes las tienen en manos de esclavos negros. La forma de trabajar no se parece en nada a la acostumbrada en las Antillas.
Además, es imposible que 30 ó 40 negros puedan realizar la labor de 200, máxime si se toma en consideración la poca vigilancia que hay en esas plantaciones y la indiferencia de los interesados. Por todas esas razones no debe extrañarnos ver el comercio reducido a tan poca cosa en esta región tan fértil, aunque esto es deplorable si pensamos en lo que podría ser y consideramos toda la riqueza que podría proporcionarle a la Metrópoli. No hay una sola plantación que pudiéramos citar como modelo, ni siquiera entre las de cacao, que es la principal riqueza del país.
A lo largo de la costa abunda este excelente cacao, que se distingue del de las Antillas por el nombre de Cacao Caraque que le dan. Todos los años se embarca para España una considerable cantidad de este producto, que luego es repartido por toda Europa. Los envíos podrían cuadruplicarse, si se tuviera el cuidado de multiplicar y expandir las plantaciones.(23)
Los españoles sin duda alguna cultivan preferentemente el cacao, no sólo porque dicha planta indígena se da perfectamente en esta región, sino porque exige pocos cuidados y casi ningún trabajo. Únicamente necesita la sombra de frondosos y altos árboles; allí crece, estimulada por su frescura, protegida de los huracanes, sin requerir otro esfuerzo que el de remover un poco la tierra cuando está recién sembrada. Produce abundantemente a lo largo de su tronco y en la base de las ramas principales, durante
9 a 10 años, las vainas que encierran el fruto, la nuez, y sobre todo la valiosa almendra con la cual se fabrica el chocolate. Hacen uso del cacao corrientemente hasta los más pobres esclavos del país.
El azúcar no es bueno; esto seguramente se debe a que no saben como refinarlo, y a la falta de brazos y utensilios apropiados. Se exporta muy poca cantidad, la mayor parte se consume en el país. En los ingenios utilizan
10 que queda de la caña de azúcar en fabricar aguardiente,
que sabe a caña quemada. La cantidad que de éste se produce también es consumida en el país, pues no tiene las cualidades requeridas para la exportación.(24)
El café es mediocre, y aunque de calidad inferior al de Santo Domingo, la casi totalidad es enviada a la Metrópoli. En general los cafetales no crecen tan hermosos como los de las Antillas, son ralos, parece que sufrieran en esta tierra que sin embargo les es propicia. Portante, debemos atribuirlo a la falta de una forma de cultivo apropiada. En efecto, son necesarios cuidados especiales y continuos, para obtener abundantes cosechas de este producto.<25)
En cuanto al añil, es parecido al de las Colonias y los preparan de la misma manera. Sin embargo, el comercio de este producto no es muy próspero debido a que no hay suficientes añilerías.(26) .
También hay varias plantaciones de algodón que producen buenas cosechas, la mayoría de las cuales son enviadas a España; es poco lo que queda en el país.(27)
El nopal o cochenillieres muy raro en esta región, casi no se le conoce, sino por referencia.(28)
En el interior de los morros y en los valles se encuentran abundantes árboles, con cuya excelente madera se construyen todas las naves de guerra de España.
Hay que aprovechar la crecida de los ríos para hacer descender desde muy lejos los árboles talados y las curvas que, habiendo sido cortadas con anticipación, han tenido tiempo de secarse, por eso flotan fácilmente siguiendo la rapidez del torrente. (29> Si las curvas se detienen en su curso, sin que se puedan poner a flote, lo cual ocurre repetidas veces cuando las piezas son largas y fuertes, una segunda avalancha las hace flotar y las lleva más lejos; una tercera hace lo mismo y, así sucesivamente, hasta su llegada a la desembocadura del río. Allí algunos hombres colocados estratégicamente los vigilan, y asiéndolos en el paraje donde el curso de agua forma un codo mas abajo de Paseo Real, hacen que la madera caiga por su propio empuje sobre la arena. La estación lluviosa favorece la bajada de los troncos, pues raramente deja intervalo de 7 u 8 días sin huracanes.
La mayor parte de esa madera es embarcada en los transportes que la llevan a los depósitos de la Habana en la isla de Cuba, la cual dista 250 leguas aproximadamente, al N.O. del Puerto. Además, cada nave de la marina comercial está obligada a cargar para el Estado varias curvas y otras piezas marcadas con el Escudo Real que transportan a España. El remanente se aprovecha en los depósitos de Puerto Cabello.
También en la Guayra (i) se obliga a las naves comerciales a cargar dichas maderas y curvas, que las montañas y valles de los alrededores de Caracas producen en abundancia.
Por lo general en esta región se encuentran las mismas bellas maderas de las islas: la caoba, el ébano, el campeche, el achiote, la madera de hierro, y otras especies tan numerosas que se haría necesaria una larga nomenclatura para citarlas a todas.
,- Se comercia poco o casi nada con ellas. ¡Qué de riquezas desperdiciadas por la inercia y la pereza!(30)
En Puerto Cabello, y generalmente en toda la Provincia, se consume muy poco la harina traída de Europa. La mayoría de los españoles, la tropa y los indígenas no comen pan de harina de trigo ü). Ellos la reemplazan por la mandioca, el maíz, el arroz, que se cosecha en abundancia tanto a lo largo de la costa como en el interior, las bananas, la malinga, el ñame, la batata, la zanahoria del país, las patatas, los guisantes de bosque, las habichuelas y cantidades de otras legumbres que sería muy largo detallar y se dan con una abundancia tan grande que apenas es posible imaginar. Algunas legumbres traídas de Europa, al principio se dan muy bien pero luego van perdiendo su
sabor y degeneran poco a poco.
Hay muchas frutas como las pinas, las naranjas, los limones, las guayabas, las guanábanas, los aguacates, el corozo, los albaricoques del país, el higo, la banana, los melones, las papas, las pomarrosas, las granadas, el tamarindo, la manzana-liana, el coco, las calabazas y muchas otras, no menos comunes. En algunas hadendas se ven hermosas viñas y parrales, que producen racimos de uvas blancas muy dulces, aunque menos jugosas que las de Europa.(31)
Como en la Provincia, hay bastante minas de oro, pero no las explotan porque las vetas del metal no son suficientemente ricas; las principales están tapiadas. En la época de los derrumbes, algunos indígenas recogen en las quebradas cercanas a esas minas una pequeña cantidad de pepitas de oro, que venden a bajo precio en la Contaduría, pues ningún comercio o persona tiene derecho a comprarlas. Sin embargo, los contrabandistas se llevan por lo menos el 90%. En general ese comercio se ha reducido a transacciones de poca importancia. Hay también algunas piedras preciosas de diversas clases.(32)
Abundan los minerales y las plantas medicinales de diversos géneros, pero como sería necesario tener nociones profundas por tratarse de Mineralogía y Botánica, el autor de esta obra evade esas dos ciencias por temor de profanarlas, pues son demasiado necesarias, preciosas para la humanidad, para atreverse a discurrir sobre ellas sin conocerlas.
Don Francisco Gaspard, médico del hospital militar de Puerto Cabello, posee un gabinete de Historia Natural, estimado en 15 mil piastras fuertes (cerca de 75.000), que contiene una escogida colección de minerales, caracoles, plantas marinas, flores silvestres disecadas, y un extraordinario herbario.(33> En su pequeña casa de campo, más allá de Paseo Real cerca del río, tiene un jardín botánico con viveros de diversas plantas, que lo hacen singular e interesante.
Un propietario de los alrededores de Goiguas,(34) aldea tierra adentro que dista alrededor de 9 leguas del Puerto hacia el S.O., tiene también una pequeña colección de minerales, hierbas secas, reptiles y varias especies de pájaros disecados que conservan la belleza y el colorido de sus plumajes; pero no es comparable con la antes mencionada, ni en el orden ni en el arreglo. El mencionarla no tiene otro propósito que el de demostrar cómo en esta región conocida, pero poco frecuentada, se hallan sin embargo algunas personas interesadas en las altas ciencias.
En esta provincia existe gran número de sabanas que sirven de potreros para la cría caballar y bovina; pero la cantidad de caballos, muías, asnos, bueyes, cabras, puercos, etc, todos salvajes, es mucho más considerable tierra adentro y en las mesetas deshabitadas, a pesar del peligro que corren esos animales y expuestos continuamente a la ferocidad de los numerosos leones y tigres, los que a diario devoran algunos. El clima debe serles muy favorable, para que hayan podido multiplicarse tanto sin degenerar.(36>
Los caballos domésticos tienen un bello colorido, casi todos son de un castaño rojizo, fuertes, muy bien formados, las patas un poco gruesas, el cuello corto, por lo cual se deduce su ascendencia andaluza. Son vivaces, soportan bien el clima caliente, hasta pueden correr largos trayectos en poco tiempo, pero no llegan a viejos; están en su plenitud a los tres años, y en decadencia a los ocho o nueve.
Los caballos salvajes son más pequeños, esbeltos, briosos, más veloces, el casco gastado, lo cual se debe a que esos animales corren por los riscos y por caminos desiguales y escarpados. Comúnmente se les atrapa con redes.
Los mulos resisten ventajosamente la fatiga y son de gran utilidad, no solamente a causa de su fuerza, sino por su destreza para franquear con pie seguro los bordes de los precipicios, llevando además pesados fardos. Si uno se ve obligado a subir por un camino difícil, no se deben maltratar,
ni mucho menos pegarles. Hay que dejarlos ir a su gusto, de otra manera se corre el riesgo de perecer junto con ellos. Es lo que los guías recomiendan expresamente a los extranjeros cuando éstos, por sus negocios, necesitan viajar al interior de la Provincia.
En un pasaje estrecho y peligroso, si unos bajan y otros van subiendo, no es necesario preocuparse por ponerlos en fila; ellos, por propia iniciativa, siguen sin confundirse uno después del otro al mulo que los guía, el cual lleva una campanilla, pero ninguna carga. Las dos caravanas pasan una al lado de la otra, sin que ninguno de los animales trate ni siquiera de olfatearse, lo que indudablemente harían si estuviesen en campo raso. Ellos intuyen, por así decir, el peligro que los rodea.(37)
Es a lomo de muía como llegan a Puerto Cabello, dos veces por año, las caravanas que traen desde Popayán, Santa Fe y otros lugares las mercancías de gran valor y los lingotes de oro y plata. Las caravanas constan de hasta 80 a 100 mulos en fila, y cada uno lleva la carga de dos pequeños arcenes.(38)
Los bueyes, tanto los domésticos como los salvajes, son gruesos, vigorosos, fieros; viven apaciblemente junto con los caballos, porque esos animales nacen en medio de ellos. Es por esto que cuando se desea atraparlos, uno se sirve de un caballo domesticado acostumbrado a ese ejercicio, para atraerlos. Luego, un hombre adiestrado en ese menester les lanza desde unos veinte pasos, alrededor de los cuernos, una cerca con un nudo corredizo hecha con tiras de cuero de buey, y de inmediato amarra la otra punta a un árbol. El buey, de tanto ir y venir, termina por encabestrarse él mismo, de tal manera que se le imposibilita cualquier movimiento. Se les deja así durante más o menos seis días sin darles ningún alimento, con el objeto de domarlos. No obstante es necesario vigilarlos y estar prevenidos para cualquier emergencia, pues los tigres aprovechan habitualmente la circunstancia para hacer de ellos su presa.
La carne de buey, de ambas especies, es excelente cuando los animales bajan de las montañas o provienen de valles no muy cercanos. Pero los bueyes sufren bajo el ardiente sol de Puerto Cabello, donde no tienen el abundante pasto y la libertad a que están acostumbrados desde que nacen.
Se puede cazar fácilmente en un paraje poblado de bueyes salvajes, porque donde este animal nace, allí muere; ni las bestias feroces, ni ningún otro motivo logran obligarlos a abandonar su tierra natal. Cuando pasa el peligro siempre regresan, a menos que, por el método anteriormente expuesto, se les lleve a otro lugar.
(Ver la parte 2 para continuar)